Al bajar del avión la primera sensación es de frío primaveral. Marrakech está muchos kilómetros al sur de Tánger y el invierno no es una palabra que se deba usar en esta zona. Durante los días que estuve en enero, la temperatura osciló entre los 18 y los 25 grados; qué alegría, salir del duro frío de invierno de Madrid. Cogí el autobús que me llevó al centro de la ciudad en 15 minutos; la ciudad es muy pequeña y el aeropuerto está tan cerca del extraradio que una avioneta pasó casi a ras de la avenida por donde circulábamos. La entrada a la ciudad y la ciudad misma son muy corrientes; el rasgo determinante en la ciudad es el color rojo ladrillo que tienen todas los edificios, incluidos los hoteles para ricos. Un poco después de pasarlos, se comienza a ver la muralla imponente que rodea la medina; lo que hay detrás de la muralla no me lo podía imaginar, no cabe en unas cuantas fotos coloridas de una guía turística. El bus para de improviso en una calle corriente y el conductor nos indica con un gesto que ésta es la parada de la medina; un poco azorado me bajo con la mochila y camino por una explanada hacia una plaza enorme donde se comienza a escuchar una bulla que no parará hasta la media noche. Ya más de cerca empiezo a ver la magia: flautistas, encantadores de serpientes, saltimbanquis, tatuadoras de henna, están comenzando a embelesar a los turistas en una plaza donde nada ha cambiado durante cientos de años. La Plaza Djemaa el Fna es el centro de la medina, es la confluencia de no solo varias calles sino también de tradiciónes, historias y relatos que están vivos porque se siguen respirando en el lugar. La plaza es un microcosmos que yo vería ampliado durante el resto del día en toda la medina, en todas las calles oscuras, siniestras, coloridas, alegres, calles sin edad porque han estado allí durante un tiempo incontable siendo las mismas.

En la calle Sidi Bouloukate, cercana a la plaza Djemaa el Fna, se encuentran los hostales para mochileros. La calle es oscura, sucia y húmeda. Todos los hostales tienen más o menos los mismos precios y por fuera todos parecen iguales, hasta el punto de que por la tarde, al buscar el que escogí al mediodía, no recordaba cuál era. Estuve caminando la calle asustado una y otra vez hasta que recordé haberle pedido al encargado del hotel una tarjeta. La saqué de la billetera y ahí estaba la dirección. Subí a mi habitación, la número trece, a buscar algo de abrigo ya que amenazaba lluvia.
Aunque llevaba un mapa de la ciudad mi intención siempre fue caminar al azar y eso hice. Los zocos tienen tantas callejuelas que es fácil perderse al mínimo descuido; en uno de estos descuidos un par de niños que no llegaban a los trece años me saludan y me dicen que la calle por donde voy no lleva a la medina; yo les agradezco y sigo mi camino aunque no se dónde estoy; uno de ellos tiene una cicatriz que le atraviesa una de sus mejillas. Estoy en un pequeño mercado con unas calles muy estrechas y los niños me van siguiendo; hay una calle que parece ser una salida del mercado y al pasar junto a una carnicería un olor nausebundo llena todo el ambiente: hay un daño en el alcantarillado y un conducto de aguas negras está abierto despidiendo un olor a heces insoportable. Escapo de allí pero salgo a una calle que poco a poco se hace más solitaria; aparte del poco interés que tiene la calle me siento inseguro y doy media vuelta, cosa que nunca me gusta hacer; me hace sentir un gallina. Los niños no están, vuelvo a pasar por la calle fétida y encuentro una placita que recuerdo haber visto antes de perderme; los niños están otra vez detrás de mí y siento un leve roce en la espalda. Volteo a mirar y uno de ellos va bajando la mano y alejándose de mí. Debí haber sentido miedo de esos niños?
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| ...mi primera comida... |
Al caer la tarde el ambiente en Djemaa el Fna cambia. Hay mucho más movimiento, las motos van y vienen en todas las direcciones, gran parte de la explanada que por la mañana está vacía ahora está ocupada por decenas de puestos de comida donde se puede cenar y quedar satisfecho por menos de un euro; ese era mi propósito, y en la búsqueda del local más barato uno de los tantos especialistas en atraer turistas a su local se disgustó con mi negativa de ir al suyo y dijo entre dientes: “shit”. Seguí buscando con paciencia y efectivamente los puestos más alejados, menos iluminados, acogen a gente de la ciudad, estudiantes, madres con sus hijos. Uno de los camareros, menos estridente y mucho más amable que el otro me sugiere la sopa Harira y me la sirve en un cuenco de madera acompañada por pan; luego pido otro cuenco esta vez con lentejas. En el tercer mundo hay que olvidarse de las normas sanitarias porque no existen; en toda mi estancia en marruecos no sufrí ninguna indigestión y casi toda la comida era deliciosa. Más tarde, caminando por los zocos pido a un vendedor de tabaco ambulante un cigarrillo; Marquise, la marca de marruecos. De repente me acuerdo de toda la paranoia de la gripe A y pienso: este tipo puede tener la enfermedad, si le recibo el cigarrillo me voy a contagiar. Miro el rostro del hombre y me parece lo suficentemente saludable para no estar enfermo; me fumo el cigarrillo con gusto.

Hay una llovizna suave que moja el suelo de la plaza. Por una de sus confluencias hay una calle que no parece tan resplandeciente, no tiene tanta mercancía para el turista: Rue Dabbachi. Es una calle muy larga, muy estrecha, los ciclistas y los motociclistas pelean por los milímetros justos para no tocar a los peatones que van hacia su casa o hacen la última compra del día. Los locales y todos sus artilugios son humildes y algunos parecen tener cientos de años de antigüedad por el uso. La gente allí sonríe y saluda respetuosamente. Hay algo que al principio me chocó: uno va caminando y la gente, especialmente los hombres, se quedan mirando muy fijamente; al principio yo evitaba las miradas pero luego me animé a saludar: bon jour, bon soir, y todos respondían con una sonrisa muy amplia. Así me fui confundiendo más en ese caos milenario, me fui sintiendo más confortable en esa calle de luces parcas. Entre más lejos estaba de la plaza, más profundo llegaba a la ciudad; las ancianas, los jóvenes, se cruzan sin miramientos y me hacen sentir parte del lugar. Es imposible captar cada detalle, cada cosa es singular; una vivienda que ya ni siquiera tiene el color ladrillo en su fachada tiene la entrada sumida en penumbras. Me acerco un poco más y desde el umbral se pueden distinguir unos peldaños que bajan hacia lo que parece ser una fragua. A mi alrededor la corriente humana sigue su curso y yo me quedo allí, indeciso en bajar los peldaños para entrar en el averno. Unas sombras mueven un poco el carbón que desprende chispas. Hay una persona que parece estar ensimismada en su labor. Me quedo un minuto más presenciando esa realidad inmanente, en la que soy un intruso, y la dejo seguir; sigo mi camino.

Camino al hostal la euforia me trajo la certeza de que Marrakech es uno de esos sitios donde hay una concentración de energía inusual. Macchu Picchu, Cnossos, los templos saqueados de Irak. Lo increible de este caso es que esta ciudad sigue viva. París o New York son sitios portentosos que nunca tendrán ni tuvieron la fuerza, el pulso interior de este sitio donde cada cosa ES real. Es necesario apagar la cámara, ir en silencio, abrir los sentidos y asentarse en la calle, caminarla varias veces. La gente parece tener un propósito específico, nadie parece perdido o ensimismado; no es que se vean más o menos felices, simplemente parecen estar allí en el lugar que les corresponde y en consecuencia, lo viven en su totalidad. Ya en mi habitación me arrepentí de haber comprado un billete que salía al día siguiente hacia Tafraut, pero sabía que al final de la travesía volvería a Marrakech y que volvería a caminar sus miles de estancias. Hay más lugares para descubrir.