lunes, 19 de diciembre de 2011

día tres: Tafraoute



El futuro, al día siguiente, fue brillante y prodigioso. El amanecer en Tafraoute es algo que no se puede olvidar; el pueblito está rodeado de montañas rocosas de tonos rojizos que el sol naciente convierte en una alucinación eufórica. El frío es penetrante y el viento mueve las nubes rosáceas entre las rocas. Después de un petit dejeuner busco una ruta adecuada y un man de una tienda de bicicletas me regala un mapa y me aconseja un itinerario de unas seis horas de camino; unos pueblitos unidos por caminos de tierra: de Tafraoute a Aoumerkt, de allí a Afeita Ouaday y finalmente a Tafraoute, unos quince kilómetros. Estos caminos me trajeron sorpresas inesperadas y muy agradables, la gente sencillamente no tiene miramientos y te dan la bienvenida sin ningún prejuicio. Mi pobre francés me sirvió para comunicarme con un adolescente y su familia, que me recibieron en su casa y me brindaron comida en un pueblo sin restaurantes. Unas cuantas preguntas sirvieron para que unas nenas de veinte años jugaran con su libertad y me enseñaran parte de su alegría, expresada en canciones y frases en su idioma, desconocido para mí. Por primera vez, sobre el terreno, me di cuenta cuánta clase le puede dar el velo a una mujer.


Karima



Karim y Nordin

Hostal Redouane





aurorretrato pletórico

el pueblito de Nordin y Karim


lunes, 27 de junio de 2011

día dos: camino a Tafraut


Después de una noche de sueños extraños me levanto y me dirijo hacia la Gare ONCF, el punto de salida de los autobuses de la CTM hacia el sur de Marrakech. Es una media hora a pie desde la medina; después de tomar un desayuno de café con leche, croissant, jus d’orange, espero un rato el llamado de salida.  Una mujer hermosa, cubierta con un velo sobrio, espera junto con su hija; de vez en cuando lanza alguna mirada intensa en mi dirección; un poco después llega su marido y ella recoge sus alas discretamente.  Cuando me subo en el autobús se me ocurre preguntarle al conductor cuántas horas dura el viaje hasta Tafraut: diez horas! Al momento de comprar el billete no se me ocurrió averiguar. Son las diez de la mañana, eso significa que pasaré todo el día metido en un autobús mirando por la ventana, a menos que escape en alguna parada intermedia.  Habían dos opciones: Agadir, ciudad megaturística y Tiznit; no me atreví y continué el viaje completo.  El camino hacia Agadir comienza con una línea recta de una hora o dos.  El paisaje es muy parecido: pueblitos a la orilla de la carretera, pastores solitarios, sembrados, la estepa rojiza, al fondo los nevados.  Después, un ascenso tranquilo por una serranía donde los pueblos están clavados en las colinas.  A mitad de camino mi cámara se queda sin batería.  Lección aprendida: buscar habitaciones con enchufe.  La salida de Agadir se hace larga, hay bastantes paradas antes de salir de la ciudad, y además, no hay parada para comer y son las tres de la tarde; el conductor me dice que una hora después pararemos a comer en Tiznit.

La hora se alarga y a las cinco de la tarde el bus se detiene en un restaurante a orilla de la carretera, a la salida de Tiznit. La espera vale la pena: pido una ración de pollo con patatas y coca-cola; por supuesto una ración de delicioso pan marroquí.  El camarero y el cocinero se entretienen conmigo y tenemos un diálogo breve y tranquilo; una vez se enteran de mi destino se que Tafraut es frío y está en la montaña.  Dentro de mi me asusto un poco porque no sé qué puede ser frío para ellos, mi francés sólo tiene el nivel para entender “Tafraut est froid”.

Al caer la tarde el bus se mete por una carretera llena de curvas, el sol se oculta y el verde de la hierba se va quedando en penumbras.  El cielo está despejado y subimos al negro profundo de la noche escarpada.  Cuando me asomo por la ventana se puede adivinar que vamos flotando encima de un precipicio de unos doscientos metros y las curvas de la carretera son tan afiladas que parecemos volar.  El bus sube por una loma sin fin y me empiezo a preguntar si no me habré equivocado de autobús o de país; en algún momento indefinido el camino cambia y empezamos un descenso rápido hacia una serie de luces que parecen ser mi destino.  Una media hora después llegamos a un pueblo que no es Tafraut.  Ahora estoy realmente inquieto, quizá no eran diez sino doce horas, empiezo a pensar que voy a tener que dormir en la calle, en el umbral de alguna casa o en la sala de una comisaría.  Al mirar por la ventana comienzo a ver los avisos a orilla de la carretera que indican la distancia desde Tiznit... y hacia Tafraut! Nos quedan treinta kilómetros, son las ocho de la noche.  Mi mente se despeja y siento euforia por no saber a dónde voy a llegar, lo que tengo delante de mí es realmente algo nuevo, algo totalmente inesperado, algo que mi mente ni siquiera puede imaginar.  Lo que me espera es negro como la noche.  No hay nada presupuestado o planificado, es el futuro como tal. 

miércoles, 27 de abril de 2011

día uno: Marrakech



Al bajar del avión la primera sensación es de frío primaveral.  Marrakech está muchos kilómetros al sur de Tánger y el invierno no es una palabra que se deba usar en esta zona.  Durante los días que estuve en enero, la temperatura osciló entre los 18 y los 25 grados; qué alegría, salir del duro frío de invierno de Madrid.  Cogí el autobús que me llevó al centro de la ciudad en 15 minutos; la ciudad es muy pequeña y el aeropuerto está tan cerca del extraradio que una avioneta pasó casi a ras de la avenida por donde circulábamos.  La entrada a la ciudad y la ciudad misma son muy corrientes; el rasgo determinante en la ciudad es el color rojo ladrillo que tienen todas los edificios, incluidos los hoteles para ricos.  Un poco después de pasarlos, se comienza a ver la muralla imponente que rodea la medina; lo que hay detrás de la muralla no me lo podía imaginar, no cabe en unas cuantas fotos coloridas de una guía turística.  El bus para de improviso en una calle corriente y el conductor nos indica con un gesto que ésta es la parada de la medina; un poco azorado me bajo con la mochila y camino por una explanada hacia una plaza enorme donde se  comienza a escuchar una bulla que no parará hasta la media noche.  Ya más de cerca empiezo a ver la magia: flautistas, encantadores de serpientes, saltimbanquis, tatuadoras de henna, están comenzando a embelesar a los turistas en una plaza donde nada ha cambiado durante cientos de años.  La Plaza Djemaa el Fna es el centro de la medina, es la confluencia de no solo varias calles sino también de tradiciónes, historias y relatos que están vivos porque se siguen respirando en el lugar.  La plaza es un microcosmos que yo vería ampliado durante el resto del día en toda la medina, en todas las calles oscuras, siniestras, coloridas, alegres, calles sin edad porque han estado allí durante un tiempo incontable siendo las mismas.

En la calle Sidi Bouloukate, cercana a la plaza Djemaa el Fna, se encuentran los hostales para mochileros.  La calle es oscura, sucia y húmeda.  Todos los hostales tienen más o menos los mismos precios y por fuera todos parecen iguales, hasta el punto de que por la tarde, al buscar el que escogí al mediodía, no recordaba cuál era.  Estuve caminando la calle asustado una y otra vez hasta que recordé haberle pedido al encargado del hotel una tarjeta.  La saqué de la billetera y ahí estaba la dirección.  Subí a mi habitación, la número trece, a buscar algo de abrigo ya que amenazaba lluvia. 

Aunque llevaba un mapa de la ciudad mi intención siempre fue caminar al azar y eso hice.  Los zocos tienen tantas callejuelas que es fácil perderse al mínimo descuido; en uno de estos descuidos un par de niños que no llegaban a los trece años me saludan y me dicen que la calle por donde voy no lleva a la medina; yo les agradezco y sigo mi camino aunque no se dónde estoy; uno de ellos tiene una cicatriz que le atraviesa una de sus mejillas.  Estoy en un pequeño mercado con unas calles muy estrechas y los niños me van siguiendo; hay una calle que parece ser una salida del mercado y al pasar junto a una carnicería un olor nausebundo llena todo el ambiente: hay un daño en el alcantarillado y un conducto de aguas negras está abierto despidiendo un olor a heces insoportable.  Escapo de allí pero salgo a una calle que poco a poco se hace más solitaria; aparte del poco interés que tiene la calle me siento inseguro y doy media vuelta, cosa que nunca me gusta hacer; me hace sentir un gallina.  Los niños no están, vuelvo a pasar por la calle fétida y encuentro una placita que recuerdo haber visto antes de perderme; los niños están otra vez detrás de mí y siento un leve roce en la espalda.  Volteo a mirar y uno de ellos va bajando la mano y alejándose de mí.  Debí haber sentido miedo de esos niños?
...mi primera comida...

Al caer la tarde el ambiente en Djemaa el Fna cambia.  Hay mucho más movimiento, las motos van y vienen en todas las direcciones, gran parte de la explanada que por la mañana está vacía ahora está ocupada por decenas de puestos de comida donde se puede cenar y quedar satisfecho por menos de un euro; ese era mi propósito, y en la búsqueda del local más barato uno de los tantos especialistas en atraer turistas a su local se disgustó con mi negativa de ir al suyo y dijo entre dientes: “shit”.  Seguí buscando con paciencia y efectivamente los puestos más alejados, menos iluminados, acogen a gente de la ciudad, estudiantes, madres con sus hijos.  Uno de los camareros, menos estridente y mucho más amable que el otro me sugiere la sopa Harira y me la sirve en un cuenco de madera acompañada por pan; luego pido otro cuenco esta vez con lentejas.  En el tercer mundo hay que olvidarse de las normas sanitarias porque no existen; en toda mi estancia en marruecos no sufrí ninguna indigestión y casi toda la comida era deliciosa.  Más tarde, caminando por los zocos pido a un vendedor de tabaco ambulante un cigarrillo; Marquise, la marca de marruecos.  De repente me acuerdo de toda la paranoia de la gripe A y pienso: este tipo puede tener la enfermedad, si le recibo el cigarrillo me voy a contagiar.  Miro el rostro del hombre y me parece lo suficentemente saludable para no estar enfermo; me fumo el cigarrillo con gusto.

Hay una llovizna suave que moja el suelo de la plaza.  Por una de sus confluencias hay una calle que no parece tan resplandeciente, no tiene tanta mercancía para el turista: Rue Dabbachi. Es una calle muy larga, muy estrecha, los ciclistas y los motociclistas pelean por los milímetros justos para no tocar a los peatones que van hacia su casa o hacen la última compra del día.  Los locales y todos sus artilugios son humildes y algunos parecen tener cientos de años de antigüedad por el uso.  La gente allí sonríe y saluda respetuosamente.  Hay algo que al principio me chocó: uno va caminando y la gente, especialmente los hombres, se quedan mirando muy fijamente; al principio yo evitaba las miradas pero luego me animé a saludar: bon jour, bon soir, y todos respondían con una sonrisa muy amplia.   Así me fui confundiendo más en ese caos milenario, me fui sintiendo más confortable en esa calle de luces parcas.  Entre más lejos estaba de la plaza, más profundo llegaba a la ciudad; las ancianas, los jóvenes, se cruzan sin miramientos y me hacen sentir parte del lugar.  Es imposible captar cada detalle, cada cosa es singular; una vivienda que ya ni siquiera tiene el color ladrillo en su fachada tiene la entrada sumida en penumbras.  Me acerco un poco más y desde el umbral se pueden distinguir unos peldaños que bajan hacia lo que parece ser una fragua.  A mi alrededor la corriente humana sigue su curso y yo me quedo allí, indeciso en bajar los peldaños para entrar en el averno.  Unas sombras mueven un poco el carbón que desprende chispas.  Hay una persona que parece estar ensimismada en su labor.  Me quedo un minuto más presenciando esa realidad inmanente, en la que soy un intruso, y la dejo seguir; sigo mi camino.

Camino al hostal la euforia me trajo la certeza de que Marrakech es uno de esos sitios donde hay una concentración de energía inusual.  Macchu Picchu, Cnossos, los templos saqueados de Irak.  Lo increible de este caso es que esta ciudad sigue viva.  París o New York son sitios portentosos que nunca tendrán ni tuvieron la fuerza, el pulso interior de este sitio donde cada cosa ES real.  Es necesario apagar la cámara, ir en silencio, abrir los sentidos y asentarse en la calle, caminarla varias veces.  La gente parece tener un propósito específico, nadie parece perdido o ensimismado; no es que se vean más o menos felices, simplemente parecen estar allí en el lugar que les corresponde y en consecuencia, lo viven en su totalidad.  Ya en mi habitación me arrepentí de haber comprado un billete que salía al día siguiente hacia Tafraut, pero sabía que al final de la travesía volvería a Marrakech y que volvería a caminar sus miles de estancias.  Hay más lugares para descubrir.

martes, 26 de abril de 2011

día cero


Ver mapa más grande

La vida del parado es maravillosa, siempre que se tenga un objetivo.  Afortunadamente para mi lo que más me gusta hacer (montar en bicicleta y hacer video) se hace durante el tiempo libre, así que no me he aburrido demasiado durante mi etapa de desempleado.  En diciembre de 2009 se dio la situación de que nos echaron (por finalización de contrato) a mi y a mis dos compañeros de nuestro piso y dejé todos los corotos en el portentoso garaje de un buen amigo, y me fui con mi mochila a vivir unos días donde mi amiga, la que detuvo el convoy en Kosovo.  Luego me fui a la fnac, cogí un libro de turismo y busqué muy por encima lo que parecía más atractivo al sur de Marrakech y en el desierto: Tafraut, Dakhla, Essaouira, fueron los nombres que anoté.  No busqué más referencias, no reservé hoteles, no sabía cómo iba a llegar a los sitios, aunque la CTM (compañía de autobuses del estado) da servicio en todo el país.  Incluso pensé en cruzar el trópico de cáncer y llegar a Mauritania.  Compré el billete y ya solo quedaba esperar a que llegara el día.