Después de una noche de sueños extraños me levanto y me dirijo hacia la Gare ONCF, el punto de salida de los autobuses de la CTM hacia el sur de Marrakech. Es una media hora a pie desde la medina; después de tomar un desayuno de café con leche, croissant, jus d’orange, espero un rato el llamado de salida. Una mujer hermosa, cubierta con un velo sobrio, espera junto con su hija; de vez en cuando lanza alguna mirada intensa en mi dirección; un poco después llega su marido y ella recoge sus alas discretamente. Cuando me subo en el autobús se me ocurre preguntarle al conductor cuántas horas dura el viaje hasta Tafraut: diez horas! Al momento de comprar el billete no se me ocurrió averiguar. Son las diez de la mañana, eso significa que pasaré todo el día metido en un autobús mirando por la ventana, a menos que escape en alguna parada intermedia. Habían dos opciones: Agadir, ciudad megaturística y Tiznit; no me atreví y continué el viaje completo. El camino hacia Agadir comienza con una línea recta de una hora o dos. El paisaje es muy parecido: pueblitos a la orilla de la carretera, pastores solitarios, sembrados, la estepa rojiza, al fondo los nevados. Después, un ascenso tranquilo por una serranía donde los pueblos están clavados en las colinas. A mitad de camino mi cámara se queda sin batería. Lección aprendida: buscar habitaciones con enchufe. La salida de Agadir se hace larga, hay bastantes paradas antes de salir de la ciudad, y además, no hay parada para comer y son las tres de la tarde; el conductor me dice que una hora después pararemos a comer en Tiznit.
La hora se alarga y a las cinco de la tarde el bus se detiene en un restaurante a orilla de la carretera, a la salida de Tiznit. La espera vale la pena: pido una ración de pollo con patatas y coca-cola; por supuesto una ración de delicioso pan marroquí. El camarero y el cocinero se entretienen conmigo y tenemos un diálogo breve y tranquilo; una vez se enteran de mi destino se que Tafraut es frío y está en la montaña. Dentro de mi me asusto un poco porque no sé qué puede ser frío para ellos, mi francés sólo tiene el nivel para entender “Tafraut est froid”.
Al caer la tarde el bus se mete por una carretera llena de curvas, el sol se oculta y el verde de la hierba se va quedando en penumbras. El cielo está despejado y subimos al negro profundo de la noche escarpada. Cuando me asomo por la ventana se puede adivinar que vamos flotando encima de un precipicio de unos doscientos metros y las curvas de la carretera son tan afiladas que parecemos volar. El bus sube por una loma sin fin y me empiezo a preguntar si no me habré equivocado de autobús o de país; en algún momento indefinido el camino cambia y empezamos un descenso rápido hacia una serie de luces que parecen ser mi destino. Una media hora después llegamos a un pueblo que no es Tafraut. Ahora estoy realmente inquieto, quizá no eran diez sino doce horas, empiezo a pensar que voy a tener que dormir en la calle, en el umbral de alguna casa o en la sala de una comisaría. Al mirar por la ventana comienzo a ver los avisos a orilla de la carretera que indican la distancia desde Tiznit... y hacia Tafraut! Nos quedan treinta kilómetros, son las ocho de la noche. Mi mente se despeja y siento euforia por no saber a dónde voy a llegar, lo que tengo delante de mí es realmente algo nuevo, algo totalmente inesperado, algo que mi mente ni siquiera puede imaginar. Lo que me espera es negro como la noche. No hay nada presupuestado o planificado, es el futuro como tal.



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