Marrakech, final del viaje
El viaje desde Essaouira a Marrakech
fue una tortura. La causa fueron unas mejoras en la vía, lo que
significa en una carretera intermedia de un país tercermundista
demoras y trancones. El autobús tenía que ir en algunos tramos a
viente kilómetros por hora, el calor hizo insoportable el trayecto,
y finalmente estuvimos cuatro horas y media metidos en el bus. Allí
conocí a dos gringos y un español atortolado, que al parecer pisaba
por primera vez un país pobre. Estaba un poco inquieto y preguntaba
por Marrakech con una inquietud impresionante, ni que fuera a llegar
a Bogotá.
Llegamos a media tarde a Marrakech.
Caminé unos treinta minutos desde el intercambiador de CTM hasta la
medina, y un poco antes de entrar en ella el primer fastidioso de la
tarde me aborda raudo y me pregunta: ¿hotel? Yo sonrío y el tipo
vuelve a insistir preguntando si tengo reserva en algún hotel. Para
quitármelo de encima y sin quitar la sonrisa de mi cara ni un solo
instante, le respondo que si. Me meto en la primera calle que
encuentro, caminando con decisión, como si ya tuviera definido el
sitio al que voy, me meto en el primer hotel, lo veo un poco por
encima y pago la primera noche. 80 dirham por una habitación en una
terraza, aislada, desde la cual hay una vista a los techos de parte
de la medina. Nada mal. Es un hotelito con una decoración sencilla
pero acogedora, los pasillos de techos altos están decorados con
mosaicos color turquesa y esmeralda. Salí rápidamente al Djema el
Fna para buscar comida, el estómago pedía alimento, ya que desde la
mañana no había comido nada. Comí en una de las caseticas más
humildes y como siempre, la comida estaba excelente: Lentejas,
alubias acompañadas con pan, té, jugo de naranja. Después recorrí
las calles de la medina, al parecer los acosadores del zoco se habían
olvidado de mi cara porque renovaron sus fuerzas, ofreciéndome con
su sonrisa hipócrita sus productos a precios estrambóticos. Uno de
ellos, al ver que solo voy mirando y no compro nada, me grita
“bancarrota... crisis... españa... obama...” Obama? En realidad
nunca llegúe a adivinar porqué metió al morocho en esa mezcla de
insultos nacionalistas. La cosa al parecer estaba tan mal, que
incluso a sabiendas de que no iba a comprar nada, uno de los
vendedores del zoco estuvo un buen rato mostrándome todas las
bondades un bolso de su local, hasta que se aburrió y se fue
displicente sin siquiera despedirse.
Fui caminando por las callecitas hasta
que oscureció y el hambre apareció nuevamente. Llegué a Djema el
Fna un poco tarde, porque los puestos más humildes habían cerrado y
ya no servían comida. Tuve que caminar hacia los puestos
estrambóticos, donde están los payasos que acosan con sus sonrisas
ladinas a los turistas anonadados y allí buscar un sitio donde
sentarme. Como había comido tarde, no tenía demasiado apetito y
cuando le pedí al camarero únicamente una sopa harira, fue a
preguntar al cocinero jefe si valía la pena atenderme y servirme por
una miserable sopa: el cocinero me miró rápidamente y aprobó
servirla. El hombre ya era mayor y seguramente no era tan despiadado
como los jóvenes camareros.
El día siguiente fue mi despedida de
Marruecos. Comencé la mañana repitiendo la fórmula mágica:
croissants y jus d'orange. Fui a un centro de artesanías donde los
precios son fijos y uno se salva de la tortura del regateo. Compré
algunas chucherías a unos precios justos. A la hora del almuerzo
escogí un restarante algo alejado de la medina, no había ningún
turista, y habían dos mesas grandes llenas de trabajadores. Me senté
junto a unos jóvenes que sintieron curiosidad y comenzaron un
diálogo mientras comíamos un tajine delicioso. Eran universitarios
y tenían un inglés bastante bueno. Por un momento me sentí en
Bogotá, los tipos tenían una cadencia muy parecida a nuestra forma
de expresarnos y a nuestra amabilidad. Al despedirsen me dan la mano.
Me quedo allí comiendo junto a algunos trabajadores que miran y
saludan con una sonrisa. La buena onda tuvo su final con el camarero
que puso un poco más de comida en mi plato.
Por la tarde cogí el mapa de la ciudad
y me fui buscando por las callecitas una madrasa muy importante, la
llamada Ben Youssef, pero los acosadores no me dejaron pasar. El
nivel de impertinencia era tal que ya no caminaban al lado intentando
convencerme de ser los mejores guías, sino que me impedían
totalmente el paso. Al parecer querían cobrar un peaje para pasar a
las calles que llegaban a la madrasa. Por pura rabia desistí de
visitarla. Estuve un buen rato perdido intentando volver hacia Djemaa
el Fna y me dejé llevar por el sol para encontrarle, entretanto
puede ver algunos patios preciosos donde se trabajaba la madera y la
artesanía. Allí la gente sonreía, estaba más relajada porque su
medio de vida no era acosar a los turistas sino producir cosas. La
cámara estuvo un buen rato guardada en la mochila, y el fragor de
las calles hizo que la sacara para grabar lo que veía. De todos los
turistas que vi esta tarde y la anterior, había una que nos tenía a
todos los hombres desconcertados: una japonesa preciosa que tendría
unos veinte años, vestida con una chilaba de colores, con una guía
turística debajo del brazo y una cámara colgando del otro, recorría
las calles mirándolo todo con la curiosidad asombrosa de un niño.
Su inocencia y su belleza eran tales que los acosadores de la plaza
no se interponían, no le hablaban, simplemente la dejaban caminar de
un lado a otro viéndola flotar. Esa tarde ella y otras mujeres
sonrieron, una de ellas quiso llevarme consigo a su casa: una madre
de unos cuarenta años con su hijo pequeño me hizo señas para
seguirla por un callejón. Estaba bastante flaca, su color de piel
era más oscuro que el habitual en la zona, imaginé a una
descendiente de etíopes vagabundeando por las calles de la medina.
Un poco más tarde, una tatuadora con unos ojos enormes y hermosos me
coge la mano sonriente, para hacerme un tatuaje en henna.
La tarde terminó sin novedad, absorbí
hasta donde puede el ambiente de las calles pequeñas y de su
movimiento perpetuo y eterno. La luz parca, las paredes sucias, las
voces interminables, la tranquilidad y la frescura de la gente
caminando por los corredores llenos de frutas, ropa o calzado para el
día a día en las escuelas, el trabajo o el hogar. Las miradas
francas de las mujeres, la alegría indiferente de los niños, la
deferencia y calidez de los hombres mayores y algunos jóvenes. Los
objetos, los artilugios, los avisos que parecían llevar allí cien
años; los artesanos, las motos raudas en las calles medievales, las
carretillas de madera con la marca de los vegetales, la tierra, el
barro, la grasa, las especias.
--
Volveré? Volveremos? Tanta masa de
turistas no debería ser conveniente en un país, sin embargo, de qué
mas pueden vivir los acosadores del zoco? Los pobres se quedarían
sin trabajo y molestarían el doble a sus esposas e hijos, todo el
día metidos en la casa viendo la televisión. Por otra parte los
nobles artesanos no recibirían los ingresos que les dejan subsistir
y tener una vida algo más digna.
Lo más saludable sería que el
gobierno diera muchas más garantías para que sus habitantes no
tengan que parasitar a los turistas. La crisis económica no solo los
afecta a ellos sino también a quienes queremos hacer un tipo de
turismo distinto, que implica un conocimiento real de la gente, una
vivencia completa que no solamente nos llene a nosotros, sino también
a los habitantes de ese país. Yo creo que ellos se sienten mucho
mejor cuando nosotros, los turistas, nos sentamos con ellos a tomar
un café y a hablar de la vida. Aunque muchas veces sean simples
miradas, gestos, cuando el idioma está de por medio, esos gestos
sencillos son un mensaje.
Para mí, el mensaje principal es que
TODOS SOMOS IGUALES, pero esto es algo que no solamente debemos saber
nosotros los viajeros, también ellos deben saberlo. Nosotros como
viajeros, tenemos un papel aquí, es el de dejar a un lado la
inocencia y en muchos casos la prepotencia del ser que llega a un
sitio y lo explota. Tenemos que ser personas que asimilemos
conocimiento y comuniquemos conocimiento... amistad, alegría,
bondad, y un poco de la verdad que todos tenemos dentro.
Hasta luego Marruecos, شكرا!
Essaouira
El viaje a Essaouira fue
afortunadamente corto: tres horas. Partimos de Agadir a las nueve de
la mañana y a las doce llegamos a uno de los pueblos más turísticos
cercanos a Marrakech. Durante el trayecto pude ver un paisaje de
casitas en medio de colinas muy verdes, cayendo tranquilamente hacia
el atlántico, que llenaba de rocío la orilla. Es una zona muy
fértil y allí se cultiva el Argane, un árbol parecido al olivo.
Cuando el trayecto se hacía más quebrado y montañoso, se podían
ver más detenidamente los árboles que dejaban posar un inesperado huésped en sus ramas: las cabras se suben a las ramas de los árboles
y a uno le parece estar viendo una escena de los Monti Python. Las
cabras se comen las sobras del cultivo de la fruta del argane. A
mediodía llegamos a Esssaouira. Las afueras del pueblo son bastante
extensas y al ir sin ningún conocimiento de mi destino, imaginé que
el pueblo iba a ser otra decepción. Edificios de cinco plantas
desangelados, construídos para la supervivencia, sin ningún sentido
estético. La pobreza es la misma en todos los países. En aquella
zona quedaba la estación de autobuses y me bajé en una zona
bastante extraña. El terminal era sucio, no merecía ni siquiera
darse una vuelta, así que salí a la calle también bastante sucia y
llena de comercios, sin saber muy bien que dirección tomar.
Dejándome llevar por mi instinto, me fui en dirección a unas calles
aún más sucias y al parar a comprar agua, el hombre que me la
vendió me confirmó que iba en la dirección correcta para llegar a
la medina.
Justo al llegar a la calle más sucia,
fue doblar la esquina y respirar un poco aliviado. Ante mi se abrió
una calle bastante amplia, con edificios pintados con cal, muy
limpios por fuera, y con mucha vida alrededor. La medina de Essaouira
es un de esos lugares pintorescos a donde llegamos los turistas para
untarnos un poco de ese “exotismo oriental” que ansiamos
encontrar en nuestros viajes. Los comercios con las especias, los
cachivaches, las teterías, la gente de allí, me sumergieron por un
instante en la alegría de encontrar algo muy tradicional. Ese
momento fue fugaz gracias a los acosadores de la zona, que me
comenzaron a perseguir al ver que era un turista recién llegado.
Hotel, restaurante, hash, yo intento ser amable y decir “no, muchas
gracias” con una sonrisa forzada y siempre mirando al frente. La
medina tiene una calle como eje principal y sobre ella fue donde me
propuse buscar habitación. Mi presupuesto era el mismo que el de
Dahkla, siete, máximo ocho euros por habitación. Al entrar en el
primer hotel me di cuenta que iba a ser difícil encontrar algo por
ese precio, así que elevé mi presupuesto a diez euros. En Essaouira
se pueden encontrar habitaciones en hoteles o incluso en casas particulares reconvertidas, éstas con un encanto difícil de comparar
a la frialdad del hotel. Allí se puede ir a pasar un fin de semana
idílico con la pareja respectiva. Estuve en unos sitios increíbles
donde hubiera podido pagar quince euros por una habitación donde se
habría podido escribir una novela por el día y por la noche, tener
interminables jornadas de sexo con una de las bellas huríes del
lugar, o a falta de ellas una turista alemana. Como mi billetera
mermaba, y mi plan era bastante guerrero, escogí un hotelito que no
estaba nada mal y donde la encargada me rebajó la habitación a diez
euros. Incluso tenía baño para mi solo. No tenía ventana a la
calle, pero la verdad es que la habitación solamente sería usada
para dormir (Hotel Gnaoua). Me pegué una ducha y una buena siesta.
Reposado salgo a la calle para explorar
la medina. En principio lo que busco al llegar a un sitio turístico
son los lugares menos comunes. El eje principal de la medina es una
calle muy larga con unas callejuelas que lo circundan, en las que
decidí meterme esperando ver algo más tradicional y auténtico.
Estas callejuelas no son nada turísticas. Hay alguna en la que se
pueden ver algunos pequeños locales o restaurantes, pero de manera
muy contada. Estas calles pertenecen a la gente de allí. Una de las callejuelas era
tan oscura sucia y siniestra que me dio pavor e imaginé estar en el sitio perfecto para una emboscada (instinto bogotano enquistado); afortunadamente otro callejón se dirigía
hacia la medina llena de turistas y proseguí en esa dirección.
Essaouira tiene una muralla construida por franceses y con un aire a lo que se puede ver en Cádiz
o Cartagena de Indias. Llena de niños correteando, turistas o
estudiantes, el mar atlántico la tiene cubierta por algas y caca de
gaviotas. Desde allí se pueden ver las casas de tres plantas,
blancas y azul, con sus mesitas donde los turistas de visa gold o
american express encuentran el sitio justo para sus necesidades y apetitos. Desde
allí vista de la medina es portentosa. El azul de los marcos de las
ventanas se hace uno con el cielo y el clima de enero, ni frío ni
caliente, es perfecto para sentarse a tomar un té y escuchar el
bramido del Atlántico, ver el horizonte, olvidarse de su propio
lenguaje y perderse en la dicción del marroquí. Luego, bajo al
puerto, donde pequeños barcos pesqueros entran y salen manteniendo
el comercio de pescado de la zona. Las gaviotas allí son tan
tranquilas como las palomas en nuestras ciudades, allí tuve una a un
metro de distancia tan tranquila. El resto de la tarde lo pasé en la
playita que hay al frente de la isla Mogador.
De vuelta a la medina me doy una vuelta
por el zoco con la mirada al frente, con el propósito fijo de no
mirar directamente a los ojos a ningún varón local. Sin embargo de
poco sirvió, porque uno de ellos se acercó de manera ladina y
lisonjera a “saludarme y hablar un poco”. Después de ello
ofreció buscarme un hotel o un restaurante, y de manera amable le
agradecí su ofrecimiento pero declinaba el aceptarlo. El tipo debió
confundir el cansancio del viaje marcado en mi rostro con una mueca
de desprecio; hasta ese momento intenté ser amable. La confusión
sirvió para que el el payaso se pusiera a la ofensiva. Cogiéndome
de la manga, se acercó bastante a mi rostro soltando un hilillo de
saliva que quedó colgando de su boca. Su cara carcomida por el acné
y sus ojos amarillentos me pusieron en guardia. Me dijo que si yo era
una mujer (seguro para él una mujer tiene que ser un ser inferior),
además de ser un racista y un cabrón. Yo, de manera firme y sin
dejar la amabilidad neutral que mantuve desde el principio, le dije
“hasta luego” y me solté. Caminé un poco más procurando evitar
las calles oscuras, cagado de miedo de que aquel hijo de la gran puta
apareciera esta vez con compañía, y me metí en el hotel.
A la mañana siguiente busqué para
desayunar un sitio fuera de la medina, y no tuve que ir demasiado
lejos par encontrar un sitio digno, limpio, y con gente amable. El
encargado del pequeño local me sirvió un café con croissant y
estaba tan bueno que por supuesto repetí. Ese día mi plan fue
simplemente vagar por la medina hasta la tarde. En alguna de las
rondas que hice uno de los cazadores de turistas se quedó perplejo
conmigo, no supo acertar mi nacionalidad. Es cierto que no proferí
palabra, si hubiera sido así el man hubiera adivinado por lo menos
el continente. También es cierto que el tipo bien hubiera podido
burlarse de mi al preguntar mi origen, cosa común en los zocos:
“Español? Italiano? Francés?” dudó unos segundos y me soltó:
“Bereber?”
En una callejuela, fuera de la medina,
me topé con un tipo que si solamente estaba vivo, era por la heroína
que consumía. Me ofreció de todo: Hashish? Marihuana? Cocaína? Me
empecé a reír a carcajadas y el tipo se rió conmigo. Su cara era
espectral, era un muerto en vida. Me fui caminando por la playa
paralela a Mogador y al llegar a su final había un pequeño camping
donde compré una botella de agua. Allí me quedé un rato hablando
con el encargado del local que me ofrece un cigarrillo. Al ponérmelo
en la boca me percato del fuego que el man tiene en la boca y entro
en un momento de paranoia de salubridad. El tipo era el médico de la
zona, al parecer sus quince años en Europa le dieron experiencia
suficiente para recetar a sus vecinos. A una niña enferma de la
garganta le da una pastilla de lizipaina. La experiencia que le quedó
de Europa fue: “hay que ser un león” “así te comes todo”.
Probablemente lo hayan deportado.
Le di la vuelta al pueblo rodeando la
muralla y fui a parar en la estación de autobuses, donde encontré
un sitio bastante humilde para comer. Allí comí unas lentejas con
patatas y coca cola, las patatas estaban bastante saladas. Por la
tarde volví nuevamente a la playa Mogador a disfrutar de la brisa
fresca del océano.
El día siguiente alisté la mochila y
me despedí de la recepcionista del hotel, una mujer muy amable y de
una presencia y actitud impecables. Desayuné en la misma cafetería
del día anterior, cuando algo es bueno parece que uno no se cansa de
repetir. Al llegar a la estación de buses me topé de frente con el
cabrón baboso que me amenazó la primera noche y esta vez me siguió
un rato de manera amenazante. Afortunadamente en la estación estaba
fuera de peligro, y por suerte había meado en el baño de la
cafetería, no me hubiera atrevido a entrar en el baño del
intercambiador con ese cabrón de por medio. Esperando la salida
hacia Marrakech había una mujer de una belleza impresionante,
vestida a la manera occidental, la misma pinta de una chica que sale
a buscar macho un viernes por la noche. Su mirada no era nada
disimulada, era bastante atrevida y su sonrisa era mortal.
Tan Tan
Después de unas horas agobiantes en el
bus por fin llegamos a mi destino intermedio, Tan Tan. La hora de
llegada fue un tanto extraña y todos los locales estaban cerrados.
En principio quería descansar en el pueblo un rato y seguir por la
noche el viaje. Los primeros seres humanos con los que establecí
contacto eran unos franceses que iban en un 4x4 hacia Mauritania. Por
un momento pensé en pedirles que me llevaran con ellos, pero
obviamente fue uno de esos pensamientos fantasiosos de alguien que no
se arriesga a perderse del todo; tenía que volver a Madrid, a buscar
trabajo, a bregar con la nena que conocí unos meses atrás. El
pueblo estaba casi desierto y me di una paseo por las callecitas un
poco decepcionado, ya que a los veinte minutos le di la vuelta
completa, el pueblo era pequeñito.
Me puse a la sombra en un lugar cercano
a la agencia de CTM para esperar que abrieran; un muchacho de unos
veinte años pasó y le pregunté cuándo abrirían la agencia. Me
dijo que en unas tres horas, así que todavía quedaba bastante
tiempo. El chico se llamaba Safiane y me invitó a sentarme con él
en unos billares a esperar. Al llegar, nos recibió el dueño de los
billares, un señor delgado de unos cincuenta años, aparentemente
con más de un trasnocho: su nombre es Omar. Me preguntaron un poco
sobre mi periplo por sus tierras y me invitaron a comer con ellos,
Omar mandó hacer cuscús y mientras lo esperábamos fumamos y
bebimos té. Bastante té.
Eran dos tipos bastante divertidos,
especialmente Omar que tenía por contar bastantes cosas. Por allí
pasó un tipo un poco malencarado, llamado Mohamed. Ya conocía
colombianos, reconoció mi acento al instante gracias a su estancia
en una cárcel en Canarias donde tuvo trato con algunos de mis
compatriotas. Me dijo: “ustedes los colombianos son la gente más
amable y simpática del mundo... a menos que uno les de la espalda”
Afirmé que ese era uno de los rasgos de nuestra idiosincracia. Quiso
invitarme a su casa a comer, más tarde habría una fiesta en su
casa, pero Omar se interpuso rápidamente viendo mi reticencia: le
dijo algo a Mohamed que lo hizo desaparecer toda la tarde.
El cuscús estaba buenísimo. Con
muchas verduras y carne. Omar repartió con sus manos en los tres
platos y empezamos a comer, también con las manos; nuevamente entró
en mi cabeza la paranoia europea de la salubridad al ver los dedos
encurtidos de Omar coger el alimento y ponerlo en mi plato, pero la
verdad esta es una costumbre local y no me preocupé demasiado por
una indigestión potencial. Al terminar, Safiane y yo nos dimos unas
vueltas por el pueblito, básicamente nos dimos la misma vuelta que
yo di al mediodía, con la diferencia de que ahora el pueblo estaba
vivo. El zoco estaba abierto, un lugar pequeñito y humilde donde la
gente estaba muy tranquila. El ir con Safiane me dio confianza de
grabar algunas cosas allí, evitando las miradas desconfiadas de la
gente. Safiane les indicaba que yo era amigo suyo. Luego fuimos a las
afueras del pueblo donde unas chicas lo saludaron y le invitaron a
una fiesta mirándome de reojo. Una de ellas era bastante guapa;
Cuando se fueron, Safiane dijo que no iría porque habría una chica
que lo persigue y no quiere verla. Una de las pocas oportunidades de
tener contacto con el sexo complementario se acababa de ir al carajo.
Cuando volvimos a los billares, Omar
nos estaba esperando y comemos junto a él olivas con pan, aceite y
te. Probar la comida que se produce en el campo le hace pensar a uno
que se está comiento la mejor cena, el mejor desayuno, la mejor
comida del mundo. El aceite y las olivas estaban buenísimas; el té
es algo que se puede beber cuantas veces se quiera en el día.
Estuvimos sentados en la terraza de los billares hasta que se fue el
día, llegó la noche y las calles se quedaron vacías. Me quedaban
unas dos horas antes de que el bus partiera y estaba a punto de
despedirme pero Omar insistió en que me quedara con ellos hasta la
hora de salida del autobús. Cerró el billar y nos sentamos en la
cocina, en el suelo, a preparar la cena. Omar era soltero y
aparentemente vivía allí mismo. Omar hizo una comida muy sencilla
con patatas, ají, carne, pollo, tomate, cebolla, de postre yogur y
fruta. Lo siguiente fue ver a Omar sacando de una gaveta de su
cocinita una botella de vodka y mezclarlo con sprite, el vodka no
estaba nada mal. El cansancio me hizo recostarme contra la pared, con
un cigarrillo, para simplemente observar y reírme con la
conversación que sostuvieron esos dos, pues pasaron del francés al
árabe. No les entendía ni pío, pero para mis adentros quise pensar
que comprendía el sentido de lo que estaban hablando. Era como estar
en una conversación típica de las películas de Tarantino, pero en
el Magreb. La verdad podrían haber hablado de cualquier cosa, de
como Omar buscaba esposa de manera desesperada, hasta consejos para
afilar las aptitudes de negociante de Safiane. Ni idea. Pero fue
bastante entretenido.
Llegada la hora de irme pregunté a
Safiane por el precio de la comida y el té y el vodka que consumí a
lo largo de aquel día: lo tradujo para Omar que insistió en que no
pagara nada. Me despedí de Omar y luego Safiane me acompañó hasta
la CTM para coger el autobús; yo ya estaba bastante cansado.
Durante el viaje hacia mi siguiente
destino, Essaouira, no dormí del todo bien. La razón, la gran
cantidad de té con azúcar que bebí ese día con Omar y Safiane.
Entre una cosa y otra mi cansancio no me dejó despertarme durante
las paradas del bus, pero el sueño no fue profundo. Para llegar a
Essaouira el bus me dejó en Agadir a las siete de la mañana. Allí
compré el billete hacia el pueblito y desayuné en la terminal de
autobuses café, croissant y jugo de naranja. Incluso en una terminal
donde se revela el mismo movimiento de las ciudades occidentales, se
puede beber un buen jugo y un croissant tierno junto con el mejor
café.
Dahkla
En cinco minutos llegamos al centro del
pueblo. Ahora había que esperar a que abrieran los hoteles. Los
cuatro tipos intercambiaron algunas palabras en árabe y se decidió
que el tipo que me había mirado muy mal en Laayoune se quedaría a
acompañarme un rato y ayudarme a encontrar habitación. Ahora su
expresión era mucho más amable y me invitó a sentarnos en un café
que ya había abierto, para desayunar. Pedí café con leche (en
Marruecos se hace el mejor café) con croissants (en el Magreb se
hacen los mejores croissants) y tuve que repetir ración, estaba muy
bueno. El tipo resultó ser oficial de la marina y venía de sus
vacaciones para incorporarse a su base. Fue muy amable conmigo y me
invitó el desayuno, me dejó su número de teléfono para que lo
llamara y volviéramos a charlar un poco. Recorrimos algunas calles
buscando habitación. Le comenté que buscaba pagar como máximo 70
dirham por noche y pasamos por varios hotelitos buscando habitación,
en algunos sitios pedían más por una habitación sencilla y en
otros solo tenían habitaciones dobles. Al final llegamos a un
hotelito donde solamente había una habitación doble, allí el
oficial logró convencer al dueño del hotel que me dejara quedar por
ochenta dirham/noche. La habitación, amplia, muy limpia, y con
vistas a una calle alegre y viva donde se encontraba el zoco.
Me eché una siesta y a las doce del
día salgo a dar una vuelta por el pueblo. Mi imaginación me juega
una mala pasada, ya que me había mostrado un pueblo exótico, lleno
de tuaregs y bereberes con camellos y mercados de especias a orillas
del desierto. Dahkla es un pueblo más bien soso, con unas playas que
están a veinticinco kilómetros y a las que solo se puede llegar en
taxi. El pueblo está rodeado por la nada, y ni siquiera hay paisajes
memorables. Hay algunos sitios en el pueblito que me permiten
disfrutar del aire “oriental” que ando buscando como turista: un
zoco humilde, que tiene en el centro una cúpula luminosa, un chivo
desollado. Una de las cosas que se van descubriendo poco a poco es
que detrás de la mirada inquisitiva de los marroquíes hay ganas de
conocer. En Dahkla me di cuenta de esa mirada y poco a poco fui
correspondiendo con ello. Me di cuenta que necesitaba unas chanclas y
me metí en una tienda de calzado donde el dueño empezó a ofrecerme
de todo, aunque yo solo quería unas chanclas. Para corresponder con
el gusto que los marroquíes me impusieron, me compré unas chanclas
camufladas con el escudo del Barcelona.
Vuelvo al hotel a echarme otra siesta,
recuperándome del cansancio del viaje. Luego ya es hora de comer y
busco un sitio para comer: pescado frito y fanta por 25 dirham. Nada
mal. Me doy una vuelta hasta una de las salidas del pueblo y hay un
punto en el que sencillamente hay una casa y más allá la nada, solo
arena y piedras. Sin embargo al volver al pueblo este tiene un poco
más de vida, acabó la hora de la siesta y la gente sale a la calle.
Unas niñas me gritan “extranjero!” me señalan y me dicen más
cosas en árabe que no puedo comprender. Unas calles más tarde me
encuentro con los tipos que se vinieron conmigo en el bus: Nino, Omar
y Nabil. Me llevan a la casa donde viven que es una casita pequeñita
y muy pobre. Se ponen ropa de salir y vamos a un café a hablar un
rato de el mal que aqueja a la mayoría del planeta, la falta de
billete; vinieron a Dahkla con la esperanza de encontrar algo de
trabajo, parece que en algún momento por esas fechas vienen turistas
-las playas son un destino de kite surfing- y los restaurantes y
hoteles tienen un poco más de movimiento. Nos fumamos unos cigarros
y poco después me retiro a dormir.
Día 2
Al día siguiente repetí el desayuno
magistral, dos criossants y dos cafés con leche. Al frente del hotel
hay un pequeño zoco y me di una vuelta, miré internet. Al terminar,
el cuerpo me avisó de sus deseos de ir al baño. Cuando llegué al
hotel a buscar el w.c. y pedir la llave de la habitación, esta había
desaparecido. Me metí al baño y mientras cagaba, mi mente se llenó
de las paranoias que a veces suelen rondarme. Me imaginé que la
policía secreta había pedido la llave para requisar mi mochila y
ver si yo era algún tipo de activista infiltrado o periodista
encubierto; la verdad es que la situación política del Sahara
Occidental hacía plausible mi teoría disparatada. Al salir del
baño, el dueño del hotel me prestó la llave maestra y puede entrar
para recoger alguna cosa y volver a salir.
A pesar de ser un pueblo pequeño le
saco mucho provecho. El clima primaveral permite caminar a medio día
sin sentirse muy agobiado. En una calle una niña preciosa me para y
me pide algunas de las bananas que llevo para comer por el camino.
Creo que le di unas cinco y se despidió feliz. Un poco más adelante
unos niños me saludan y uno de ellos me pregunta por mi equipo de
fútbol: Barcelona, se le ilumina la cara. El mejor momento del día
es el del almuerzo, la comida es muy buena, no son platos demasiado
especiales, pero la comida es fresca, muy bien preparada, y con unos
precios milagrosos. Cuándo volveré a pagar 25 dirham (2,5 eur) por
una buena comida? Esta vez fue calamares fritos, papitas, salsa roja,
fríjoles blancos, pan, sprite.
La noche anterior acordé con Nabil y
compañía de vernos por la tarde para tomar un café. Nos
encontraríamos en el hotel de los turistas en Dahkla, llamado
Sahara. Todavía quedaban unas tres horas para vernos, así que tuve
tiempo para echarme una siesta en el malecón del pueblo. Cuando
desperté, estuve un rato desperezándome y vi como un tipo se fue
acercando hacia mi de manera rastrera. Rastrero, en este caso,
significa mirar de reojo e intentar disimular indiferencia cuando se
es la única persona cien metros a la redonda. Esto ya me molestó
porque normalmente los manes que vienen con esa actitud quieren algo
más que una conversación amable. En los zocos hay millares de
estos. El man me preguntó que si podía sentarse al lado mío y le
dije que si, sin embargo no quería dejarle enredarse demasiado y me
puse de pie rápidamente. El tipo se disgustó, me siguió unos
cuantos pasos y finalmente me preguntó de manera agresiva: “está
usted bien de salud?” me lo preguntó tres veces y por supuesto le
dije que si. No supe cual era la intención de la pregunta y tampoco
me preocupé demasiado.
Cuando llegaron las ocho de la noche,
estaba muy puntual parado en la recepción del hotel Sahara, que es
el hotel más caro del pueblito. Es un hotel moderno y en la
recepción se podían ver bastantes europeos estirados, periodistas y
gente con chalecos de la ONU. Allí esperé a mis amigos una media
hora y me aburrí porque los pendejos no llegaron. Ya estaba cansado
y me fui emputado camino al hotel. Unas calles más adelante me los
encontré, pero obviamente con el empute que llevaba no me quedé con
ellos. Mi pretexto fue que pensar en otro idioma era bastante cansado
(era cierto en todo caso) y me iba al malecón a limpiar la cabeza.
Unas manzanas antes de llegar al hotel me encontré con un
restaurantico que no había querido visitar, por estar en una zona
muy concurrida; sin embargo el cansancio me pudo más y me senté en
una mesita afuera. Aunque no tenía mucha hambre, pedí una sopa
harira con pan marroquí, que me costó seis dirham. Excelente.
Día 3
Mi último día en Dahkla. Me lo pasé
muy bien y muy tranquilo en este pueblito, sin pretender demasiado.
Me parece que lo mejor de los viajes es parar en los sitios y
respirar el ambiente cotidiano en lugares que no están preparados
para los turistas. Allá caminé, comí y viví casi como uno más de
ellos. El baño del hotel, por ejemplo, aunque muy limpio, consistía
en un agujero en el suelo que había que lavar con agua después de
cagar. Aparentemente, cagar en cuclillas es mucho más natural y
mejor para el cuerpo. Al despertarme lo primero que hice fue bajar a
desayunar croissants y café. Después fui a ducharme, empacar todo y
salir del hotel. Me quedaba hasta las diez de la noche para dar una
vuelta por el pueblo. Al mediodía pasé por el mercado con la cúpula
luminosa y compartí miradas y saludos con los que allí trabajaban.
Es algo que por primera vez viví siendo extranjero en otro país, el
ser bienvenido sin ningún tipo de doble intención.
La comida fue un tagine delicioso. Al
terminar caminé un poco pero el calor era un poco intenso y decidí
sentarme en una terraza, a la sombra, a beber té. Dependiendo de la
región se sirve de manera distinta: En Dahkla me lo sirvieron con
unos terrones toscos y enormes de azúcar en el vaso. Lo fui
mezclando a la manera que allí lo hacen, imitando a unos señores
que estaban al lado en otra mesa. El té es tan bueno en Marruecos
que se conviertió en mi bebida habitual, cansado de la coca cola y
la fanta; lo bebía incluso de noche sabiendo que me quitaría el
sueño, pero es que siempre estaba delicioso. Mis tres amigos pasan
apresurados porque va a comenzar un partido y lo van a ver en el café
de su amigo, me invitan a ir con ellos y acepto ir más tarde. Al
irse Nino me mira un poco intrigado, me pregunta si estoy bien.
Yendo en dirección del café para ver
el partido, unos niños me abordan y les hago algunas fotos; en mi
mano llevo mi libreta con todos los apuntes del viaje y una de las
niñas me la pide; yo decido regalársela y arranco las hojas que he
llenado con mis apuntes, salvo la que tengo con los datos de mis
amigos en Marruecos, la niña no espera a que la arranque, me rapa la
libreta y sale corriendo. Ninguno de los niños me supo decir como
encontrarla.
El clima y el malecón me llaman más
que el fútbol. En Marruecos se sientan todos, en fila, mirando a la
tele, con una atención parecida a la devoción hacia el imán en la
mezquita. Existe un fanatismo por el fútbol español que los
mantiene hipnotizados durante las horas de partido y sus discusiones
sobre porqué equipo es mejor que cualquier otro. Allí parece que
hay un orden y una disciplina férreos para ver el fútbol, no como
en España donde la gente grita, farfulla, vomita graznidos y
maldiciones al equipo contrario, a las equivocaciones del suyo, al
árbitro. En marruecos hay mesura, seriedad. El mar y la brisa eran
muy confortables y me quedé sentado toda la tarde con mi mochila en
una banca, mirando como las olas agitaban las pequeñas
embarcaciones, dormitando de vez en cuando. El viaje iba a ser largo,
de unas catorce horas. A cierta hora, a punto de caer el sol ya me
tengo que comenzar a mover hacia la zona del CTM, para coger el
autobús. Yendo por el malecón para coger dinero en un cajero, una
aparición florida con su vestido agitándose en el viento me hace
señas desde lejos: una mujer de edad indeterminada me saluda y me
llama para que hable con ella. Está acompañada por lo que debió
haber sido su criada que viste de manera mucho más humilde, sin
velo. Aquella mujer iba totalmente cubierta hasta el rostro, del que
no se distinguía nada, ni siquiera sus ojos que iban cubiertos por
unas gafas oscuras enormes. Parecía una astronauta en un traje de
oruga. Mi imaginación se dejó ir por un momento y pensó en una
princesa deliciosa de piel blanca y lechosa que me invitaría a su
aposento para tomar un té y quizá tomarle la mano, mientras a mi se
me despertaría el ímpetu y el empuje de meterle mano, ímpetu que
se frenaría con la llegada precipitada de su padre, acompañado por
sus guardaespaldas. Un segundo después me imaginé que debajo de ese
vestido podría haber una mujer de muy poco buen ver, así que no me
arriesgué y seguí mi camino sin detenerme a hablar con aquella
aparición.
Al principio pensé que llegar al
extremo del pueblo donde se encontraba la CTM me iba a costar un buen
rato, pero llegué a la zona en cuarenta minutos. En algún momento
me perdí y me dio un poco de culillo, ya que la zona era bastante
humilde y no estaba muy bien iluminada. La paranoia bogotana va con
uno por defecto a todas partes y me imaginé cacos al acecho detrás
de cada esquina, con lo que el tic bogotano de mirar atrás cada diez
segundos, salió a flote de repente. Por suerte encontré la CTM y
decidí mientras llegaba la hora de partir, navegar un poco por
internet. Me metí en un cibercafé pero no hubo suerte, la conexión
era muy lenta y estuve unos veinte minutos intentando ver mi email
pero nanay cucas. El encargado del local, un joven muy amable de unos
veinte años insistió en devolverme el dinero por el tiempo
consumido. La amabilidad y el espíritu de bienvenida de los
marroquíes es algo que siempre llega.
Llegaron las diez de la noche y me
acerqué a esperar la salida del bus. Un jeep me paró y me pegué un
buen susto, pensé que era la policía para hacerme una requisa pero
un tipo muy sonriente me paró y me reconoció de la tarde, en el
café donde bebí el delicioso té marroquí. Me alegré mucho,
aunque la verdad no me acordé del tipo, porque allí nadie me
dirigió la palabra. Pero estas cosas pasan siempre que se viaja
solo. Cuando le dije que era colombiano, su cara se iluminó y me
dijo que había leído algunos libros de García Márquez en árabe.
Se despidió muy amable y se fue.
Al subirme en el autobús y ver que soy
extranjero, el conductor me para y me pregunta por las fotocopias del
pasaporte. Yo le dije que ya las había entregado, el viaje de
venida. El man me dijo entonces que no podía viajar, porque había
que sacar fotocopias y ya era la hora de partir. Yo la verdad no
tenía ni idea, imaginé que mis fotocopias ya estaban en los puestos
de control del ejército que pasamos al venir a Dahkla. Me defendí
diciendo que al comprar el billete de vuelta nadie me dijo nada de
las dichosas fotocopias. Mi cabreo y el susto de perder el dinero del
billete le pudieron al conductor del bus que se compadeció de mi y
me llevó al centro del pueblo junto con el resto de pasajeros, para
buscar un local abierto a las diez y media de la noche y hacer las
fotocopias. La verdad es que tuvimos bastante suerte y lo encontramos
muy rápido. El bus arrancó hacia Tan Tan.
Más tarde, el bus para y unos pocos
nos levantamos para estirar las piernas un poco; la parada fue de
unos veinte minutos y me dio tiempo para alejarme un poco de las
luces y acercarme a ver las estrellas, sentir el viento frío del
desierto. Allí estaba: se podían ver a lo lejos unas colinas de
unos sesenta metros de altura, corroídas por la erosión de miles de
años sobre la dura arena. Arriba el negro y los puntitos blancos
hablándome en silencio sobre esas cosas que solo se pueden descifrar
cuando las palabras y el pensamiento cesan.
Al volver hacia el bus me dieron ganas
de mear y me metí en el restaurante de la parada, que a esa hora
estaba casi a oscuras; lo único abierto eran los baños. Unos tipos
adormilados se movieron en las mesas y uno de ellos, al ver que
entraba un “europeo” se apresuró a seguirme. No joda, estos
tipos son como lapas, insoportables. En el baño, mientras estoy
meando, mirando las baldosas en la pared, el man se acerca y ofrece
darme un poco de agua y jabón. Estos tipos lisonjeros y miserables
están dispuestos a todos por obtener un mísero dirham; y yo me
pregunto: será que también me la quiere sacudir y metérmela en el
pantalón? Me retiré con velocidad dejando medio dirham en un
platito de aluminio.
Por la mañana el bus paró en el mismo
sitio donde cenamos de ida hacia Dahkla. El tipo que me miró de
manera atorrante, al verme esta vez, se alegró mucho y preguntó
sobre mi estancia en Dahkla. Después del desayuno, nos fumamos un
cigarro y nos despedimos. El bus partió y estuvimos otras cinco
horas en medio del desierto, ni siquiera el sol se asomaba, el día
estaba nublado y el cielo era del color de la nicotina. Pasamos
rápidamente junto a un camión que dio media vuelta de campana junto
a la carretera.
El viaje a Dahkla
A la mañana siguiente del encuentro
con la diosa de Tafraoute pensé en quedarme un día más, por un
instante, para volver a Karima y arrancarle unos besos; rápidamente
se interpuso la idea de estar en el viejo oeste, con gente de la que
no sabría que reacción tendría al estar allí un forastero
intentando meterle mano a una de sus princesas. Me fui de Tafraoute
con un poco de remordimiento porque el sitio es espectacular y
merecía la pena quedarse por lo menos un día mas. Al carajo. Me
levanté y me di un baño de gato, esto quiere decir que solo me
limpié las axilas, las partes bajas; me dio mucha pereza ducharme
con el agua fría. Subí un momento a la terraza del hotel desde la
que pude ver una vez el circo de piedras de color ladrillo, ahora
rojas por el sol del amanecer. La brisa fría que yo sentía en mi
cara parecía ser la misma moviendo las nubes entre las cumbres
rocosas.
Bajé ya con mi mochila lista a la
recepción, donde ya estaba el encargado del hotelito. Me dio su mano
que estaba viscosa y sudorosa como su cara que aún estaba en el
quinto sueño. El tipo hablaba buen inglés, así que le di las
gracias amablemente y me despedí en dirección a la agencia de
autobuses. De camino tomé la decisión de ir a Dahkla en lugar de
Agadir, directo al sur sur, a pocos pasos de Mauritania. Tenía la
esperanza de cruzar al otro lado. Agadir era para mi una etapa
simplemente de descanso, para dormir en un hotel y al día siguiente,
hacia abajo. Sin embargo, preferí seguir derecho y dormir en el
autobús, para ahorrar dinero. El día anterior ya había comprado el
billete. Le pedí al dependiente de la agencia cambiarlo por uno
hacia Tiznit, donde haría el cambio a un autobús hacia Dahkla;
justamente otra persona que estaba esperando iba hacia Agadir, así
que el agente le dio mi billete a aquel, imprimió un nuevo billete
para mi. Me sobraban 30 dirham, me devolvió 20, se quedó con diez.
Me indigné un poco, porque allí uno empieza a pensar en decenas: el
tipo se quedó con un euro de comisión. Hay algo de indignante en
eso? Nada. Uno que es pendejo y tacaño.
En el autobús me despedí de las
montañas mientras las iba grabando rodeadas de nubes y pueblitos de
color naranja. Pude ver lo que en el viaje nocturno de venida intuía,
los precipicios por los que la carretera transitaba, era como volar
por encima de un verde lleno de flores y casitas de adobe. Al bajar
en un pueblito a estirarme y hacer un toma con la cámara, el
conductor ingrato del bus estuvo a punto de dejarme tirado, solo
porque yo había bajado sin su consentimiento, mientras él recogía
gente.
Dormí un poco y llegamos a Tiznit, un
pueblito en la costa al que le quedé debiendo la visita. Solamente
pasamos por las afueras, donde quedaba ubicada la agencia de CTM.
Allí, al pedir el billete a Dahkla, el agente me pidió ocho
fotocopias de mi pasaporte. En ese momento no se me ocurría para que
tenía que darle ocho fotocopias al hombre, más adelante comprendí
la razón. El caso es que me tuve que ir corriendo por las casitas de
la zona buscando una fotocopiadora, porque el man no supo decirme
donde encontrar una; cagado del susto de perder el dinero del
billete. Afortunadamente encontré una tiendita como las que puede
haber en un barrio como La Estrada o Tibabuyes (Bogotá), limpia y
pobremente digna. Regresé a la agencia y luego de entregar las
fotocopias busqué un sitio para comer, ya que no había desayunado y
aún quedaba tiempo para coger el bus.
Me senté en un pequeño restaurante a
orillas de la carretera y pedí pollo. Con el primer bocado, me di
cuenta que debía tener dos días de guardado porque estaba tieso y
seco. No me atreví a reclamar, me lo comí sin rechistar tragando
con la coca cola y el buen pan que ayudó a hacer al pollo
comestible. Se sentó al lado mío un tipo que quería charlar con
alguien, y quien mejor que un extranjero al que poder sacarle algo de
su tiempo. Yo contesté con monosílabos, sin muchas ganas, porque me
pareció que el tipo era un pesado y quería mirar a la calle
mientras digería mi pollo con sabor a cartón. Pagué y me largué
porque ya llegaba la hora de coger el bus.
Yendo hacia el bus me entró pánico
por el pollo que me acababa de comer. Fatal que me diera un ataque de
diarrea en un viaje de 22 horas; afortunadamente el viaje fue bien y
sin ningún signo de indigestión.
En la primera parada del viaje paramos
un rato para que la gente comiera. Me di una vuelta por la estación
de gasolina, mirando a la carretera, dándole vueltas al autobús,
mejor estirar las piernas porque el viaje era largo. Compro un
Marquise y al pagarlo, el dueño de la casetica me tira las monedas
de cambio. A cinco minutos de arrancar el bus, dos tipos que iban
unas sillas más atrás se acercaron a hablar conmigo, y nos fumamos
un cigarrillo. Los tipos venían desde Casablanca, así que para
ellos el viaje fue de más o menos 40 horas.
Me senté tranquilo a contemplar los
cambios del paisaje hacia el sur. El terreno comenzó siendo muy
fértil y poco a poco se fue haciendo más seco. Estuvimos en esta
primera parte del viaje unas cinco horas sin parar hasta el siguiente
pueblito, Guelmin. A la salida del pueblito habían una formaciones
de viviendas muy curiosas: estaba el pueblo en si, con casas normales
de dos plantas, las plazas, los zocos, pero a las afueras unas
casuchas hechas en plástico y madera, bastante precarias, pero todas
en línea. Un barrio de chabolas. Un poco más adelante, algunas
mujeres y niños me ven desde el bus grabándoles y me saludan
efusivamente, con mucha alegría. Desde aquí empecé a ver por la
carretera tanques de guerra y me di cuenta de que estábamos entrando
en una zona conflictiva, el Sahara occidental, abandonado por España
a su suerte y tomado arbitrariamente por el reino de Marruecos. Allí
el gobierno tenía que mostrar su autoridad con bastante fuerza, así
la población se mantendrá intimidada. Al entrar en Tan Tan el bus
hace su primera parada en un retén del ejército. Un soldado se sube
y va mirando a los pasajeros uno a uno; se detiene delante mío y me
pide el pasaporte, se lo lleva un rato y al traerlo nuevamente, el
bus arranca. El paisaje se vuelve plano y el único cambio visible en
algunas partes, son los postes de madera que van llevando la
electricidad. A lo lejos se comienzan a percibir dunas gigantescas,
formaciones rocosas en las que lo único que crecen son los remolinos
que se llevan la arena. Me parece estar en Marte, aunque estoy en el
desierto del Sahara.
La tarde comenzó a caer y nos
separamos del desierto para ir paralelo a la playa. Cruzamos por un
momento un parque natural y se hizo de noche. El autobús paró en
otra estación de gasolina y allí había un restaurante donde
hicimos nuestra cena. Un tipo de unos cincuenta años, delgado,
enjuto, me atendió frío; le pedí un pescado en salsa acompañado
con aceitunas que estaba delicioso. Repetí plato. Por enésima vez
me preguntan por fútbol, esta vez un niño, así que le respondo que
me gusta el Barcelona y al niño se le ilumina la cara, aunque
también le comento que en Europa el fútbol es solo dinero. En este
sitio particular la gente nueva es bastante bienvenida, al despedirme
otro niño me sonríe pleno, aunque el hombre enjuto que me sirvió
la cena me mira de reojo, desdeñoso.
Ya es de noche y el desierto es un
sitio ideal para ver las estrellas, aunque vayamos en el bus se
pueden ver resplandecientes. El movimiento del bus sobre la carretera
me ayuda a dormir un poco, para mas tarde despertarme sobre las diez
y media. Nos detenemos en Laayoune, donde algunos bajamos un momento
a estirar las piernas. Los dos tipos que conocí en la mañana se
acercan a hablar un poco y vienen con otro tipo que parece un militar
vestido de civil. A primera vista no me da ninguna confianza, pero
eso me suela pasar con todo el mundo. Hablamos un poco y volvemos a
subir el bus para que el viaje continúe.
Durante la noche el bus para varias
veces por mi culpa. No fue ningún ataque de diarrea, lo que pasó
fue que en los retenes militares, a lo largo de la vía, ya se había
informado de la presencia de un extranjero en el vehículo. Parece
que los militares querían comprobar que yo no me hubiera
desaparecido, supongo que un extranjero en autobús (en esa zona) es
algo sospechoso. El autobús se paraba y se subía un suboficial con
una linterna alumbrando a cada pasajero hasta que me encontraba, me
pedía el pasaporte, se iba un momento y lo volvía a traer. Así por
lo menos tres veces que yo recuerde. Fue una noche larga gracias a mi
y a los militares.
Al llegar a Dahkla eran las seis de la
mañana, todavía estaba oscuro. Mi plan era quedarme sentado en un
banco de la estación, esperar que se hiciera de día y buscar un
hotelito. Los dos tipos ahora acompañados por el de cabeza rapada me
dicen que podemos entre todos alquilar un vehículo que nos lleve al
centro del pueblito. Era de noche y el barrio donde nos encontrábamos
era bastante lóbrego y pobre, yo no estaba cagado del susto pero si
un poco inquieto. Mandé al carajo el culillo y me subí con ellos en
a camioneta. Junto a nosotros se subió un tipo que en la breve
parada de Laayoune me miró mal, de manera muy directa. Mientras los
otros se quedaron sentados, yo me quedé de pie en la parte de atrás
de la camioneta para disfrutar un poco de la brisa. Me miraban un
poco raro, esta vez eran ellos los que desconfiaban de que yo
desconfiara de ellos. Seguí mirándolo todo, las calles, las casas
oscuras, viendo como el cielo se tornaba azul amanecer.
Día tres, Tafraoute (se dice Tafraut)
El tiempo va borrando los detalles de la travesía. Quedan flashes, todas imágenes de momentos en los que el corazón se sentía libre, despojado del peso, del abatimiento que los no muertos llevamos en las ciudades. Me queda lo escrito en la libreta, para refrescar la memoria y volver a poner en orden la secuencia de momentos y situaciones durante el viaje.
La primera noche en el hotel Redouane fue tranquila, tuve un sueño reparador y tranquilo, aunque despertarme a las ocho de la mañana costó bastante. Abrí la ventana y el sol salía entre el circo de montañas. El tono azulado del amanecer aún cubría la quebrada que pasa al lado del hotel. Como hacía bastante frío decidí no ducharme, fui y me lavé los pies, tenía prisa por hacer fotografías del amanecer. Los baños del hotel son, aparte de lóbregos, sucios; carcomidos por el tiempo. una capa de lama cubre el suelo de cemento, las baldosas amarillentas, los grifos de cobre. El bombillo apenas da luz para un metro, más allá en la penumbra solo se puede divisar el negro del mugre. Al salir un europeo rubio con una sonrisa de turista feliz me saludó y yo intenté ser amable pero le solté un ‘hi’ a regañadientes; lo que menos quería ver son turistas, pero se me olvidó que yo era uno de ellos. Al final todos somos iguales, especialmente a los ojos de los nativos.
Me vestí a toda y subí las escaleras que llevaban a la terraza. desde allí se podía ver todo el pueblo, rodeado de montañas escarpadas, cubiertas por la luz bermellón del sol resplandeciente. El pueblo aún estaba tranquilo, se escuchaban algunos gallos y pocas voces, apenas el sonido del agua golpeando las piedras de la quebrada. Saqué la cámara, intentando contener el aliento para que la imagen no quedara temblorosa. El frío del amanecer paralizaba mis manos, y el paisaje delante de mi me daban ganas de arrancar a reirme. Las montañas que rodean a Tafraoute son gloriosas. Algunas nubes diáfanas, de formas bastante definidas, se colaban entre el decorado rojizo de manera fugaz; allá arriba hacía bastante viento. El europeo apareció por la terraza y en lugar de quedarse extasiado mirando el amanecer coge a hacerme preguntas en español, a mí que era el recién llegado; me preguntó por algo llamado “palmeraia”, que supuse era un bosque de palmas, seguramente muy hermoso. Como yo vine sin ninguna referencia sobre las atracciones del lugar no supe darle indicaciones; solo se me ocurrió decirle que siguiera al río. Me dio las gracias y se quedó allí mirándome, tenía media cara paralizada.
Al bajar me encontré al hombre enjuto de la recepción, me saludó en un inglés muy correcto, me dio la mano. Le di el dinero de la noche que había pasado, cuarenta dirham, cuatro euros. Al lado mío estaba otra vez el europeo; me pidió que dijera al conserje que se iba a quedar un día más en el hotel. El hombre quería hacer conversación. Me preguntó de donde era y yo le respondí que soy colombiano, también algún día él iría por América.
Me metí en un restaurante a desayunar un continental, en Marruecos vayas donde vayas te van a poner un muy buen café. Al salir del restaurante un picarillo se acerca a preguntarme cosas sin ton ni son, a hablarme altanero cuando rechazo amablemente sus intentos de guiarme por el pueblo, el pobre tipo vino por lana y salio trasquilado. Aún teniendo todo el día para caminar y descubrir cosas mi pequeña adicción por internet me llevó al cibercafé. Un tipo más o menos joven, de unos 25, a pesar de ser un poco hosco me atendió en un muy buen inglés. La mala impresión que el hombre me hubiera podido dejar se fue cuando le dio al play en su grabadora, escuchamos una música tradicional muy bella. La idea era buscar una ruta a pie por los alrededores de Tafraoute pero me di cuenta que lo mejor era preguntarle a la gente. El dependiente seguía haciendo mala cara, así que me fui a averiguar por el pueblo, que apenas estaba comenzando a funcionar. Fui caminando por la calle donde bajé del bus la noche anterior y la oficina de CTM estaba abierta; el funcionario era un tipo muy amable, no era de Tafraoute; provenía de otro pueblo muy lejano, y estaba recién llegado a este destino, todavía no había tenido oportunidad de conocer la zona, así que me llevó a donde uno de los pocos amigos que había hecho, en la tienda de bicicletas. El tipo era guía de la zona, la conocía perfectamente; le pregunté por un recorrido que se pudiera hacer en un día y me regaló un mapa, donde se podían ver tres poblaciones principales, era un circuito que terminaba en Tafraoute al final de la tarde. La ruta planteada por el guía: de Tafraoute a Aoumerkt, de allí a Afeita Ouaday y finalmente a Tafraoute, unos quince kilómetros.
Nada más comenzar a grabar, a la salida de Tafraoute, una mujer me increpó por apuntarle con mi cámara. Primera de la mañana…
El paisaje de Tafraut está compuesto de rocas gigantescas, colosales, de color rojizo, y vegetación de tonos oliváceos; no muchos árboles, más bien matorrales y arbustos. En el mapa aparece un lugar llamado “la chapeau de napoleon” que esperaba encontrar más tarde, pero surge demasiado rápido en el camino, junto a un caserío que tiene una zona semiabandonada. Hay unas zanjas enormes, que habrán surgido por algún cambio geológico. Alguna vez fue un pueblo bien asentado y ahora muchas casitas están solas, sus habitantes se han movido a una zona más rocosa. Allí no había casi nadie, aunque algún pastor a lo lejos me hizo señales para que dejara de filmarlo. Al lado del puebo hay unas colinas rocosas que parecen bastante fáciles de trepar y me subo a una de ellas, sin saber exactamente si voy a recordar la ruta más fácil para bajar: de cerca se ve que son mucho más escarpadas y no es tan fácil el subirse a ellas. Son las diez de la mañana, hay tiempo de sobra para caminar. Al lado de mi colina hay otra más alta desde la cual me llegan unos gritos alegres, son dos niños que no habrán ido a estudiar. Luego enfoco mi cámara hacia abajo y veo a una mujer, que me increpa por filmarla con la cámara. Tercera de la mañana… allí, aún sin estar cansado, me quedo un buen rato intentando capturar todo con la cámara, después contemplando, respirando el lugar, a sabiendas de que por allí no volveré a pasar durante algún tiempo, quizá jamás.
Al bajar, el tiempo se nubló un poco. Fui caminando por un camino que se confundía con lo que parecía ser el lecho de un río seco, y en algún momento le perdí la pista, pero habían algunas huellas que me tranquilizaron y continué caminando, por el suelo blando de lluvia caída la noche anterior. Detrás de mi escuché unas voces y vi venir unos ciclistas en mi dirección, a saludar; tres de ellos tenían apariencia de ser gente de plata y el otro, el guía. Su nombre es Mustafá, es un tipo muy amable, intercambiamos frases en inglés y entonces me enteré de que los pijos son nacidos en Tafraoute, pero han estado lejos durante bastante tiempo, y han venido a visitar su terruño. Mustafá llevaba un bicicleta bastante buena (una specialized de doble suspensión con una horquilla marzocchi bomber y suspensión trasera fox float R, frenos de disco hidráulicos). Mustafá vio mi admiración por su bicicleta, que la verdad era preciosa, y me ofreció probarla un momento. La cogí y al empezar a conducirla, Mustafá se dio cuenta que mi destreza con la bicicleta no era la de un peatón que coge una de ellas de vez en cuando. Empecé a recorrer el terreno húmedo y quebrado con bastante velocidad, fue la primera vez encima de una de esas máquinas y me di cuenta que la doble suspensión de verdad funcionaba. Juegueteé alrededor de los pijos, de Mustafá, y luego me alejé, al voltear la mirada atrás vi que Mustafá fruncía el ceño, y me imaginé que él me imaginaba en ese instante fugándome con su bicicleta. Yo pensé que tenía todo lo necesario en mi mochila para perderme con la bici y llevármela a madrid. Tendría que hacer un esfuerzo demasiado grande, conducir de noche, esconderme entre los matorrales, quizá devolverme inmediatamente en bus hasta Tánger o ir en bicicleta hasta Ceuta. Ese pensamiento fugaz terminó cuando volví hacia Mustafá, que me miraba aliviado y me ofrecía agua, quizá ofreciéndosela más a él mismo que debía tener la garganta seca. A mí el agua me vino muy bien, la verdad.
Seguí más o menos caminando otra hora y media, y en una colina con forma de pirámide ví un pueblecito de casas del mismo color que la roca. Eran más o menos las dos de la tarde y el estómago ya pedía algo de comida. En principio pensé que cualquier pueblito de por allí tendría restaurantes, al menos uno, y ya esperaba encontrarme con alguna ración deliciosa de pollo o algún plato tradicional de la zona. Al entrar en el pueblo me di cuenta que no había mucha gente, el pueblo se encontraba en silencio, y solo se escuchaban algunos ladridos. Dos niños me vieron de lejos y se fueron acercando tímidamente; al más grande, que tendría unos catorce años, le pregunté en mi francés chapucero si en el pueblo había restaurantes: en el pueblo no hay ningún restaurante o sitio donde se pueda comer, responde el niño. Mala cosa, pensé yo. Es lo que pasa por la falta de previsión, ni siquiera haber empacado un sandwich, ahora tendría que recorrer otros siete kilómetros hasta el otro pueblo. Una mujer de unos cuarenta años llama al niño de 14 e intercambian algunas palabras. El niño viene rápidamente a decirme que puede comer en su casa, acabo de ser invitado por su madre a comer.
La situación es para mi un poco alelante, estoy atortolado porque estoy a punto de vivir una situación nueva, como extranjero ser invitado en una casa donde ni siquiera hablan mi idioma, la mujer me recibe hablando en marroquí, me mira directamente a los ojos y me hace señas para pasar, y me pregunta cosas que no se responder, porque no entiendo ni papa. En todo caso, la mujer es muy amable conmigo, y me invitan a sentarme en un saloncito decorado con tapices, el suelo es de cemento, un sitio muy humilde. Nordin, el niño de catorce, se presenta, y me presenta a su hermanito, Karim. Intentamos dialogar en mi pobre francés pero a veces la incomunicación es patente, y Nordin se queda mirándome con curiosidad, timidez, algo de respeto, creo que mi mirada devuelve más o menos lo mismo. Unos minutos después su madre trae la comida, que es toda para mi, y no me podré ir hasta que la haya acabado toda: huevos revueltos, pan marroquí, pasta de maní y un té delicioso. La madre de Nordin me sigue hablando en su idioma y yo la miro y sonrío tímidamente, dando las gracias; miro a Nordin que mantiene su mirada escrutadora.
Al acabar de comer Nordin me invita a conocer su casa. Son tres plantas, la última es una terraza desde donde se puede ver el pueblo; le pido permiso a Nordin de filmar con mi cámara y él acepta. Luego, vamos bajando por todas las estancias, la mayoría parecen estar hechas para guardar animales, seguramente ovejas. Su madre nos observa y creo que me intenta describir las estancias, por la forma en que se pone al lado de la cámara, para que yo pueda filmar sin restricciones. Le hago unas fotos a los niños, su madre no quiere aparecer aunque le hago un plano de refilón; intercambiamos nuestro email y nos despedimos cordialmente, Nordin me lleva hasta la salida del pueblito y me indica el camino hacia el siguiente, que luego me conducirá a Tafraoute.
Desde Aoumerkt hay un descenso y una vista impresionante del circo de montañas de la zona, el siguiente pueblecito está muy cerca y las piedras de tonos rojizos le dan ese matiz a las viviendas. Este pueblo también se encuentra solitario y aunque no parecen haber fallos geológicos alrededor, hay algunas casas abandonadas. Las casas son mucho más grandes y parecen ser más señoriales que las de Aoumerkt. Luego de ver a un gato negro saltar desde el muro que rodea una de las casas aparece repentinamente una niña con sus amigos. La niña es tremendamente simpática, me deja hecho de piedra tanto candor y no se como reaccionar. Rachida debe tener unos ocho años y me presenta a sus amigos. No acierto a pedirles una foto, y se van a seguir jugando.
Hay varios caseríos a lo largo de la vía que conduce a Tafraoute. A la entrada del siguiente las rocas son singularmente enormes, prehistóricas, y en la cima de una de esas rocas, a unos treinta metros de altura, había dos mujeres que al verme empezaron a hacer señas en mi dirección; al mirar a los lados y atrás me di cuenta que las señas se dirigían hacia mi, era algo inevitable el subir hasta donde las nenas estaban y ver qué pasaba. Las nenas debían de tener unos veinte años y una de ellas era especialmente atractiva. Su pelo era castaño rojizo (debe seguir siéndolo), ninguna de las dos llevaban velo; empezamos el diálogo en mi pobre francés, el de ellas era mejor que el mío lo que dejaba muchas cosas en el aire, y a veces hablaban en marroquí entre ellas, ya que intentaban encontrar la manera más sencilla de formular las preguntas. La nena pelirroja se llama Karima, de ojos miel preciosos y su amiga, Fátima. Fátima parecía bastante preocupada por el hecho de tenerme allí arriba junto a ellas porque no dejaba de repetir merde merde merde, pero en general se reían bastante. Después de hacernos una foto los tres les empecé a mostrar las fotos guardadas en la tarjeta de la cámara y Karima se apretó contra mi. Karima se enamoró de mi, y yo no pude hacer nada. Me decía tus ojos son… y se quedaba mirándolos, al igual que a mi pelo largo. Y digo que no pude hacer nada porque, con qué códigos voy a entrarle a una nena en un pueblo lejano de un país musulman? Es un dilema que tendré que resolver en un próximo viaje. Yo también le dije que su pelo era hermoso, y empecé a preguntarle curioso por el color de su pelo, aunque en primer momento nuestra confusión de idiomas le hizo pensar que yo le decía “ponte el velo”; azorada se lo empezó a poner y yo le dije ¡no por favor, quédate así!
Les pedí que caminaran un rato conmigo, mi idea era ir caminando hasta otro pueblo a cinco kilómetros de Tafraoute, y ellas accedieron. Nos fuimos un buen rato preguntándonos cosas, a veces en silencio escuchaba cómo cantaban, les pregunté si conocían a shakira y me dijeron que no, qué suerte, hay sitios en el mundo aún donde no conocen a shakira. Una de las canciones me la dedicaron a mí y les pregunté por el nombre de ella: mirando mis labios Karima dijo la mezquita es bella. Luego fue a un jardín, arrancó una flor y me la regaló.
Se puede pedir algo más de un viaje en solitario en Marruecos?
La verdad hubo un momento en el que me sentí en el viejo oeste, caminando por la mitad de la vía entre los pueblitos. Intuía que estábamos haciendo algo que no era políticamente correcto. De vez en cuando pasaban algunas de sus amigas y al verme se reían, algún coche les pitaba y ellas con un gesto de desenfado y desafío parecían decirse a sí mismas “al carajo con ellos”. Pasamos por otro conjunto de rocas gigantescas y habían unos veinte niños tocando música de la zona. Al empezar a filmarlos empiezan a manotear y las nenas me dicen que pare de filmar. Al llegar a la entrada de Tafraoute nos encontramos con uno de sus amigos que se porta bastante simpático conmigo. En principio desconfié por la experiencia del zoco de Marrakech y sus pelmazos incansables pero pasaron los minutos y me relajé, el hombre era bastante amable, cordial y cercano. No pareció extrañarle nada que las nenas andaran con un hippie salsero venido de otro país. Hablamos un buen rato de mi vida hasta que Fátima recibió una llamada en su celular y empezó a discutir con alguien, su novio o su padre o su tío, o su madre, no lo llegúe a saber. En todo caso por allí los chismes vuelan, seguro alguno de la manes en carro avisó a su familia del extraño que andaba con ellas.
Antes de irme le hice unas cuantas fotos a Karima, con el velo puesto. Sea cual sea la razón por la que lo lleven puesto, el velo les da una clase y una elegancia tremenda a esas mujeres.
Estúpidamente me entró la prisa, decidí irme caminando al siguiente pueblito porque se hacía noche. Intercambiamos teléfonos y mail con Karima y respetuosamente le di la mano y me despedí, me hubiera gustado darle un beso en la mejilla, pero como dije antes, siendo forastero…
Qué hubiera pasado si me quedo el resto de la tarde con ellas y el día siguiente? Eso es algo que, nunca sabremos.
Al pasar por Tafraoute, hacia el siguiente pueblo, Djemel, compré para el camino dos chocolatinas y una banana. La salida de Tafraoute es fea y así es el resto del camino. Tuve que caminar por la orilla de una carretera poco hospitalaria el resto de la travesía, porque era la única vía para llegar hasta Djemel. A las seis de la tarde comenzó a oscurecer estrepitosamente y todavía no iba en la mitad del camino hacia el pueblito. Caminé bastante rato en la penumbra, extasiado con la vista de las montañas cubiertas por la bruma. Ya no había nada que ver, solo quedaba la inquietud de saber si iba en la dirección correcta; pasaban pocos coches y aún quedaba el camino de regreso en la oscuridad total. El pueblito apareció después de una curva, las luces parcas ya mostraban el poco atractivo que había; era de noche, todo estaba cerrado, a excepción de un pequeño local con víveres y abarrotes, con unas mesitas fuera donde algunos hombres de mediana edad fumaban y bebían té. Pedí un yogurt, me senté en otra mesa, y al terminarlo fui por un cigarrillo a donde el dueño del local, que me preguntó por mi origen. Al sentarme en la mesa, los manes de la otra mesa me ofrecen un vaso de té y uno de sus cigarrillos. El sabor del té es especial y me advierten que tiene un ingrediente especial, una hierba de la montaña. Después siguen con su conversación y pagando el yogurt me preguntan por mi medio de transporte, les digo que iré a Tafraut a pie, y me advierten que caminar de noche por la carretera es peligroso. No quise preguntar porqué, les dí las gracias y me despedí.
Estaba putamente oscuro. Apenas podía intuir la línea blanca del borde de la carretera, pero a veces me daba cuenta que estaba tan desviado como dos metros de la línea, o sea casi a la mitad de la carretera. Había empezado a lloviznar, aunque no tenía pinta de que fuera a caer agua a cántaros. No sabía qué carajos hacer, porque de repente me dio susto andar por la mitad de la vía y que pasara un carro a toda mecha. Allí literalmente, en mi cabeza se encendió una bombilla. Me di cuenta que mi cámara de video tiene una pequeña luz led para iluminar escenas oscuras; en realidad es muy mediocre para iluminar escenas de forma decente, pero en esa situación precisa venía de perlas. Ahora tenía bastante luz, y solo la apagaba cuando venían vehículos, ya había bastante luz con sus faros halógenos. Pude caminar más rápido, tanto que estuve a punto de pisar un sapo que estaba a orilla de la carretera. Lo confundí con una piedra. Me pegué un susto del carajo con el dichoso sapo y después, hasta me llegué a asustar con mi propia sombra que me parecía siniestra con la luz de la cámara. Me fui riendo un rato y me di cuenta que el camino de regreso se hizo mucho más corto, a la media hora de haber salido ya aparecieron los primeros faros de la entrada del pueblo. Cuánto hubiera dado por una cerveza en ese momento. Una mujer bastante simpática me vio y me saludó al pasar, lo mismo hizo cuando salí del pueblo dos horas antes; me dijo algo que no entendí.
Me fui directamente al restaurante a comer couscous y de bebida, más té.
Aunque estaba bastante cansado me quedó algo de energía para hacer lista de lo que había pasado en el día. Recordé que había aprendido dos nuevas palabras: chakram, gracias, slama, adios.
Día dos
Por la noche tengo sueños difíciles con mi abuela Eduarda, que en paz descansa desde hace unos doce años. Recuerdo que cuando murió, uno de mis tíos llamó a la fábrica donde yo trabajaba, y cuando me contó la noticia, no tuve ninguna reacción; solamente dije ‘ah’, me senté y seguí trabajando como si nada. Épocas muy raras por las que he pasado...
Esa mañana de enero en Marrakesh pensé que iba a poner mis pies en Tafraut como mucho sobre las dos de la tarde, así que cuando salí al pasillo y entré al baño lóbrego y sucio únicamente me lavé los pies. Me vestí con velocidad, cerré la puerta de la habitación número trece del petit hotel y en la recepción me despedí sin mucha ceremonia del conserje, que parecía no moverse nunca de la silla. Saqué el mapa del bolsillo y subí a buen paso por Mohammed V, y esta vez más allá de la gare routiere. Iba caminando a toda carrera pensando que quizá me iba a quedar del bus y siguiendo la ruta del mapa (la tarde anterior el dependiente de la CTM en la gare routiere me dio correctamente las indicaciones), en algún momento decidí desviarme pensando que iba a llegar más rápido; me perdí en un barrio residencial, de esos donde hay autos caros y casas enormes y al salir a un parque le pregunté a una estudiante por la dirección correcta en el mapa y ella, un poco desconcertada, me dio las indicaciones correctas.
La calle donde estaba la terminal de la CTM era una calle sucia y sin ninguna gracia; la terminal en sí era de reciente construcción, con una cafetería amplia donde me senté a desayunar. Me quedaban cuarenta minutos de espera, así que pedí del menú chaude boisson, jus d’orange, croissants. A sabiendas de que el día que me esperaba iba a ser intenso, unté en el pan todo el aceite de oliva y la mantequilla para tener fuerzas. Los desayunos en Marruecos siempre fueron deliciosos, siempre tomaba primero un café con croissant y luego el sabor del café me parecía tan bueno que pedía más café con croissant. Desayunaba dos veces.
Luego en la sala de espera, pocos turistas, una pareja europea sosa se sentaba cerca de una mujer de unos treinta con su hija; mientras esta jugaba dando vueltas por la sala su madre me lanzaba miradas de vez en cuando, a pesar de su seriedad. El velo la hacía muy elegante y la intensidad de sus ojos solo incrementaba su belleza; yo estaba bastante entretenido y fascinado de solo pensar en quitarle el velo... y el resto de la ropa. En esas el marido llega y la mujer baja la mirada para no volverla a subir más. Se anunció la salida del bus y los europeos sosos y yo nos dirigimos hacia la plataforma; en el momento de abordar se me ocurrió preguntar al conductor la duración del viaje y él me responde: diez horas. Yo pregunto en mi pobre francés ‘dix heures’? (sobre todo por confirmar lo que escuché antes), y el conductor dice ‘oui, dix heures’. Me voy hacia mi asiento un poco achicopalado pensando en lo pendejo que fui al no preguntar el día anterior por la duración del viaje. Qué me esperaba entonces? Un viaje de paradas interminables con cien personas metidas en el bus haciendo lo imposible por respirar? En el mapa la distancia aproximada entre Marrakech y Tafraut era de unos trescientos kilómetros, eso según mis cálculos, serían unas cinco horas de viaje como mucho. Con lo que yo no contaba era con el hecho de estar en un país del tercer mundo. Ya tantos años en España me hicieron olvidar de dónde vengo yo, de un país donde, al contrario que en España, hay que multiplicar por dos los centenares de kilómetros de viaje. Me explico: en Colombia cuatrocientos kilómetros significan ocho horas de viaje; la cuenta en Marruecos es para multiplicar por tres.
El bus parte y durante las primeras dos horas el paisaje es muy parecido y aburrido. Es una línea recta de unos ciento veinte kilómetros alrededor de la cual unos pocos pueblos sobreviven; la gente camina a la orilla de la carretera con sus niños, sus carretillas, sus burros. Son pueblos sin ninguna gracia, con alguna decoración mínima para darles algo de aire tradicional. Son pueblos de carretera que únicamente parecen paradas para las camionetas cargadas de alimentos; entre un pueblo y otro, terreno baldío, algunas fincas. Es una carretera con un carril en cada sentido, asi que me divierto enfocando mi cámara para ver cómo los vehículos se meten en el carril contrario de forma temeraria para intentar adelantar algunos coches delante. Lejos en el horizonte, los nevados. Por fin paramos, en un pueblito llamado Chichaoua, para descansar el espinazo y dar una vuelta. Básicamente el pueblito comienza allí y hay un restaurante para que los buses hagan su parada respectiva y los turistas sacien su hambre o sus ganas de mear. Es común en todos los baños de Marruecos que haya un encargado de la limpieza y este gane una propina de cada usuario. Yo tenía ganas de mear pero cuando veo que en mi bolsillo no hay pasta, me acabo de gastar las pocas monedas en unas bananas; al man que me las vendió le hizo mucha gracia que yo le pidiera 20 dirham de bananas. La mujer que está encargada del baño me pide una propina justo cuando yo intento entrar sin pagar. Le digo a la nena que no llevo cambio: ‘me daría usted vueltas de un billete de 20 dirham?’ La nena con cara de pocos amigos me dice que no y yo paso con total impunidad al orinal.
Mientras pasa la media hora de descanso obligado doy una vuelta por el restaurante y su alrededores; saco la cámara y disparo a algunas personas que se enfadan por no poder hacer nada: el lente está enfocando precisamente en medio del camino por donde van. Es una vaina filmar a la gente sin ninguna consideración pero tampoco les estoy robando, quiero creer. espero no mostrar nada despectivo de ellos, aunque sean tremendamente pobres. Cerca de la cabina telefónica hay una venta de cigarros y me compro un Marquise con la última moneda que me queda. Me paro frente al bus y alguno de los pasajeros me saluda, yo devuelvo el saludo y esquivo inmediatamente la mirada, mi natural desconfianza hacia la humanidad me mantiene a una distancia prudente de cualquier conversación trivial. Por fin el conductor se sube al bus y todos los pasajeros detrás del hombre.
El viaje continuó un rato por la llanura hasta que levemente fue cambiando a un ascenso por un terreno mucho más rojizo y lleno de vegetación; habían muchos más sembrados y las poblaciones tenían un aspecto más tradicional, más auténtico. Supongo que de alguna forma no íbamos por una ruta convencional pero allí, incluso las rutas principales parecían secundarias o terciarias. El terreno se fue volviendo más escarpado y los pocos pueblos que aparecían estaban clavados en la roca, que era tan rojiza como el material del que se construyeron las casitas. Algunos pueblos eran imponentes, las calles empinadas en desorden y las casas aunque pobres con las fachadas muy limpias. La vegetación era de color verde olivo con algunos claros de roca amarillo quemado, naranja, ladrillo, rojo. En la pantalla de la cámara apareció el ícono parpadeante de ‘batería baja’ y después de pasar un viaducto en construcción dejó de funcionar. Eso dejó a parte de este blog huérfano, de aquí en adelante llevaré cuando me vaya de viaje el cargador para coche que venía en el kit de la cámara. Así que las siguientes diez horas de viaje están documentadas únicamente con este relato. El hecho de ver mi cámara muerta me produjo ganas de dormir y solo me llegué a despertar unos kilómetros antes de llegar a Agadir.
La entrada en Agadir es larga y aburrida, es una ciudad en toda regla, como no entré realmente en el pueblo supongo que la medina será lo poco agradable de este lugar turístico. El autobús entra a la estación que está en un barrio a las afueras. Esto ya me pareció pavoroso y aunque me imaginé que la ciudad no tenía ninguna perspectiva de disfrute, empecé a darle vueltas a la idea de volarme y quedarme en Agadir para no tener que aguantar horas inútiles metido en un bus. Al bajar en la terminal fui directamente al baño y me quedé parado en la entrada; ni tenía ganas de mear ni tenía pasta para dejar la propina de rigor. Di media vuelta y caminé por el edificio observando los puestos de venta de tiquetes; uno de ellos tenía un mapa con las relaciones en kilómetros de algunos sitios a los que quería ir. Dakhla, en el Sáhara, está a unos mil kilómetros de Agadir, esto serían según mis cuentas peregrinas unas treinta horas. ¡La vaina es que hay gente que se hace esos viajes interminables! Más adelante conocí a tres compadres que viajaban desde Casablanca a Dakhla: tres días de viaje, sin parar. Me quedé pensando en un pasillo en lo innecesario de hacer tantas horas en un bus, en que es totalmente absurdo, en que hacía bien en quedarme en Agadir por lo menos una noche... Un hombre pequeñito, el chofer del bus, está detrás de mi y dice: ‘Tafraut?’ yo digo entre dientes ‘oui’. Me lleva corriendo al bus que ya está arrancando, cobarde de mi, porqué no me quedé en Agadir? Me siento en la silla que me corresponde, dándole vueltas a sentimientos tontos como el arrepentimiento y la culpa. La salida de Agadir fue el colmo para las cosas que iba pensando; era una salida interminable, con otras varias paradas que no recogían gente, solo paquetes. Unos cuarenta y cinco minutos después de andar por calles polvorientas el bus sale diez minutos a una avenida y entonces estamos en Tiznit, al las afueras, en otra calle vetusta; el gaznate ya empezaba a tener hambre y pregunté al conductor cuándo íbamos a comer y me dijo que todavía faltaba una hora. En Tiznit estuvimos solo cinco minutos, allí ni siquiera tuve el atrevimiento de bajarme y mandar al carajo al conductor para no aguantar más el dolor de culo y disfrutar del aire y la medina del pueblito.
La hora que el conductor anunció para llegar a comer se alargó y dos horas después, por fin, paramos a las cinco de la tarde a la orilla de la carretera en un restaurante para viajeros, con comida lista las veinticuatro horas. Los camareros iban vestidos con uniforme de corbatín, en contraste con el resto del lugar, mucho más humilde y espartano. Uno de ellos me mostró la carta y la elección no fue demasiado creativa, sabía que iba a lo seguro: pollo con patatas, coca cola y por supuesto, una doble ración de pan marroquí que me recordaba a un pan que mi papá nos llevaba a la casa, siendo niños. El camarero que me atendía me ofreció una mesa para sentarme pero le dije que perefería estar de pie; después de tantas horas sentados no podía entender que el resto de viajeros se sentaran. Seguro tenían el culo más gordo y el tejido adiposo proporcionaba cierto acolchamiento. El conductor del bus y los camareros se quedaron de pie al lado mío y mientras disfrutaba de la comida tuvimos una conversación tranquila. Un camarero me preguntó por mi origen y mi destino y el conductor le responde por mi; el otro llamó a su compañero y empiezan a hablar de Tafraut pero yo no entiendía ni papa, eso sí, aseguraban que el clima era frío en esa zona, y yo me inquieté un poco: cómo de frío sería? Más frío que Marrakech con su temperatura primaveral? Esperé que no, porque no iba nada preparado para el frío de la montaña.
Al subir en el bus dos mujeres y una niña no encontraban donde sentarse las tres sin perderse de vista y una de ellas me dijo algo que yo no entiendí: dos jóvenes traducen y entiendo que las mujeres preguntan si me incomoda que la niña se siente al lado mío. La niña me miraba y creo que veía a un marciano, un man de pelo largo, sin afeitar, sonriendo y diciendo en inglés que no había ningún problema. La niña no pudo con su timidez y buscó otra silla por su cuenta. Los jóvenes y las mujeres se quedaron mirándome y sonriendo, y yo les devolví su amabilidad y sutileza con otra sonrisa. Esto es algo de lo que no me cansaré de insistir, en las maneras tan sutiles y amables de la gente, creo que sentí lo mismo en Portugal, aunque la esencia de las personas fuera distinta: el portugués es más lejano, es amable con cierta distancia, mientras que el marroquí está sonriendo y siempre, dándote la bienvenida.
Al caer la tarde nos separamos de la línea recta que conforma la carretera principal y nos adentramos en la montaña. El sol cae rápidamente y alcanzo a ver muy poco de las lomas que vamos ascendiendo. El cielo está despejado y abajo hay un abismo negro, que puede ser de unos doscientos o trescientos metros. La carretera es angosta y de vez en cuando parece que el bus se saliera un poco de la vía, estamos tan cerca de la orilla que parecemos flotando por encima del barranco; el recordar cuántos buses caen por los abismos en mi país me produjo vértigo. Para distraerme de mis miedos miro hacia arriba y veo las estrellas fulgurantes, el estar lejos de la ciudad las deja ver en su totalidad mientras vamos ascendiendo hacia ellas. Abajo se pueden ver otras lucecitas, muy lejos, y espero que esas lucecitas sean mi destino. Hacemos una parada que no es Tafraut y haciendo cálculos, me doy cuenta que ya debería ser hora de haber llegado al pueblo y empiezo a entrar en pánico, de preguntarme a qúe clase de lugar llegaré. No se me ocurrió averiguar si en el pueblito hay hoteles, por lo que aún sin saber a qué hora iba a llegar, no sabía si encontraría alojamiento; posiblemente tendría que dormir en el suelo de la comisaría de policía, o en el umbral de una casa, con toda la ropa que llevaba puesta para no morirme de frío, o en un local, eso si alguno de los pocos comerciantes que pudiera haber en el pueblo se apiadara de mi. O debajo de una roca, en la estepa triste de la nada. Pasamos por otro pueblo y el bus no se detiene, no joda, a qué hora llegaremos?
No podía dormir y solo me quedaba mirar por la ventana. De vez en cuando se podía ver a orilla de la carretera las señales en piedra que en los países pobres marcan la distancia entre una ciudad y otra; durante todo el camino las piedras mostraron las distancia desde Tiznit y hacia otro pueblito, de repente las señales empiezan a marcar los kilómetros restantes... hasta Tafraout!! Quedaban treinta kilómetros, o sea una hora y veinte, siendo optimistas con mi cuentakilómetros. Me alegré, me llené de entusiasmo, de euforia. Empezamos a bajar rápidamente la montaña. Probablemente tuviera que dormir en el umbral de una casa, pero ya tenía algo de esperanza; el cielo se veía negro, como negro era lo que tenía delante de mi, no tenía ninguna idea de lo que me iba a pasar en media hora o en dos o al día siguiente, no conocía mi destino, nada estaba marcado o presupuestado, al contrario de la vida etiquetada y estricta de las ciudades. Estaba ante el futuro como es en realidad, porque no está escrito, fluye de acuerdo con nuestras decisiones, equivocaciones y sentimientos. Estaba cagado del susto pero me sentía por primera vez en mucho tiempo libre. Solo y Libre.
Por fin llegamos al pueblo y ya en la entrada vi varios avisos de hoteles. Supuse entonces que algo se tendría que encontar así fuera a las malas, algún cuchitril, aunque todas las habitaciones del pueblo estuvieran copadas. Al bajar del bus una pareja de europeos fue abordada por un niño de unos doce años que inmediatamente les ofreció habitación en un hotel, los llevó rápidamente y luego volvió a preguntarme si quería una habitación; al ver que había muchos hoteles preferí dar una vuelta para buscar uno sencillo y barato. En una esquina, a orillas de una quebrada, estaba el hotel Redouane (parecido a Red One), que ya tenía su fachada bastante ajada por la falta de mantenimiento. El hotel era de dos plantas, con terraza en ambas. La entrada tenía las paredes sucias, al igual que el resto del hotelucho; un mapa de Marruecos que quizá había sido colgado el mismo día de la inauguración se caía a jirones de tanto haber sido manoseado. Un hombre oscuro con edad indefinida me saludó en inglés, dándome la mano. Pregunté por el precio de la habitación: 40 dirham, cuatro euros, perfecto para mi plan de mochilero, pedí ver las habitaciones. El edificio tenía una estructura simple, un rectángulo con un pasillo en el centro, a lado y lado habitaciones grandes pero deslustradas por la dejadez. Dentro la habitación tenía lavamanos y lo que más me importaba, enchufe. Me senté en el borde de la cama e intenté oler las cobijas que parecían limpias. Dejé la mochila y saqué el dinero, pero el conserje insistió en que pagara cuando decidiera irme.
Después de preguntar al conserje, encontré en un callejón oscuro un cibercafé y me conecté un poco para ver ‘la realidad’: guerras, paro, rajoy y zapatero peleando como si fueran belén esteban y boris izaguirre, y mi propia adicción, websites de cámaras de video. El dependiente del ciber era un poco grosero. Salí y el gaznate pidió algo de alimento, me metí en un restaurante al otro lado de la calle del hotel Redouane. Otra vez pollo con patatas, nuevamente delicioso. Había un par de jóvenes que parecían suizos y saludaron tímidamente. En la televisión, lo mismo: guerras, paro, crisis económicas, políticos haciendo su papel para dejar a sus votantes satisfechos. Me fui a la habitación, me metí en la cama, no hacía frío, el clima era primaveral; puse el despertador para levantarme al día siguiente a las ocho de la mañana.
(fotos a un tamaño adecuado en Flickr )
Me levanto a las 7 de la mañana, preparo café y cuando lo bebo, puaf!!! había puesto sal en vez de azúcar. Mal agüero pero carajo, no me voy a dejar llevar por esta serie de pensamientos absurdos y voy a meterle buena energía a la cosa.
Cuando el avión va despegando una turbulencia violenta nos zarandea y el café se me revuelve en el estómago, me acuerdo del sorbo de café con sal que tuve que escupir; si así es el despegue cómo será el resto del vuelo? pero cuando terminó la turbulencia, me dije: no importa, esta es la última sacudida, le vamos a poner buena energía. Miré la luz que entraba por la ventana, el sol de invierno saliendo en el horizonte radiante. El vuelo fue tremendamente rápido, creo que en menos de una hora estábamos en Marrakech, no tuve tiempo de cerrar los ojos. Al bajar del avion recibo con susto y euforia el clima de Marrakech en enero: fresco, un poco húmedo, pero hay sol, más o menos unos quince grados. En el control policial una agente me atiende y ve el espacio en blanco en la ficha: no tengo un sitio donde ir, creo que le explico en inglés que llegaré a buscar un hostal en el centro de la ciudad; la agente no parece muy convencida pero con mi pinta de hippie debió suponer que esa es la respuesta más lógica en mi caso. En todo caso, yo no soy hippie, se da la circunstancia de que soy un salsero con el pelo largo. Habrá demasiados? ahora no, pero en otras épocas seguro que los hubo. Por ejemplo Larry Harlow.
Supe por la guía turística que hojeé en la fnac que había un bus al centro de la ciudad así que esta vez no me dejo estafar por los taxistas como pasó en Túnez. Derechito al punto de información donde me indican su localización. Aún en el caso de haber cogido taxi, hay un aviso bastante visible a la salida del aeropuerto que indica el precio a pagar por ir al centro de la ciudad. Según los taxistas es el mismo precio del bus pero eso es falso. En todo caso es un precio muy bajo, pueden ser unos 40 dirham por ir en taxi al centro. En Túnez nos bajaron 20 euracos; el taxista se reía cuando le pagamos la plata. Es que ser turista es para pendejos.
Desde el aeropuerto a la ciudad hay muy poca distancia, por la avenida que nos lleva se pueden ver los aviones y las avionetas volando encima de los coches; justo encima de nosotros pasó rasante una avioneta que tenía un vuelo un poco errante y un motor muy riudoso. De entrada la ciudad no parece la gran cosa, nada de edificios singulares o mezquitas antiguas, esto es porque la parte moderna de la ciudad tiene edificios muy parcos. No pasaron quince minutos y nos sueltan en la medina. Estoy un poco aturdido pero por las indicaciones del conductor camino por una calle muy amplia hacia una explanada en la que empieza a verse algo de movimiento. Al acercarme más el barullo de las flautas y tambores me hace acelerar el paso; hay un caos contenido en la plaza enorme: encantadores de serpientes, micos saltimbanquis, tatuadoras de henna, motos que vienen de todas las direcciones, carrozas llevando turistas. Pasaron varias horas antes de enterarme del nombre de la plaza; como dije antes llegué a Marrakech sin más referencia que los nombres de algunos pueblos e iba totalmente desprevenido al encontrarme de frente con ese portento: la plaza Djemaa el Fna sigue siendo la misma que apreciaron los europeos a principios del siglo viente. La única diferencia es que todos, incluidas las tatuadoras de henna, llevan teléfono móvil.
En una de las esquinas de esta plaza poliédrica hay un hotel en la primera planta de un edificio; comienzo a practicar mi pobre francés. Habitaciones dobles a 120 dirham, yo pretendo buscar una habitación por la mitad y el tipo del hotel me da unas indicaciones de las que logro distinguir “derriere crédit maroc”. Es una calle peatonal, muy amplia, llena de comercios y varios bancos. Junto al crédit maroc hay una pequeña entrada de la que hay colgados pequeños avisos de petit hotels: de la paix, les amis. Esa pequeña entrada resulta ser una callejuela oscura y húmeda; aquí las fachadas no son lustrosas, no traen ese color terracota limpio de las calles principales, sin embargo hay unos cuantos hostales así que me dedico a buscar el mejor precio por lo que veo. Los hostales son en su mayoría feos, oscuros, por fin encuentro uno que es limpio, tiene el baño en el pasillo, ducha en la planta baja, 60 dirham la noche. La única pega está en que no hay enchufe dentro de la habitación; en todo caso pienso: al día siguiente estaré al mediodía en la siguiente población, en un hotel, cargando las baterías de la cámara. Esa misma mañana preferí dejar Marrakech para luego, primero visitar los pueblitos, bajar al desierto y disfrutar de la vasta ciudad al final.
Salgo a caminar, el sol se atraviesa entre las nubes. Escojo alejarme de la zona turística, prefiero vislumbrar la ciudad por el lado más cierto y voy rumbo al sur, en dirección del palacio real. Las calles efectivamente son vetustas aunque muy amplias; los comercios que veo son mucho menos sofisticados que en la medina, herrerías, pequeños mercados casi vacíos, la fruta en costales, tal como ha llegado del campo. Voy por una calle que se vuelve más solitaria y decido dar media vuelta, sin embargo detrás de mí viene una nena hermosa de unos vienticinco años que me mira de reojo y decide seguir recto. Tiene pinta de ser gringa o francesa y de llevar varios días en Marruecos, porque lleva el ceño fruncido: es la mejor expresión para que una mujer sola pueda ir por estos lares sin verse acosada por los comerciantes de la medina. Pienso que soy un gallina por no seguir por esa calle solitaria como esa mujer. Después de caminar erráticamente durante una hora me empieza a entrar el hambre; voy a parar a la entrada del palacio real y un policía me indica cómo volver en dirección a la medina.
Ya en una zona con más movimiento, es fácil encontrar un sitio para comer y aunque me esfuerce por ver cuál sitio puede ser más limpio que el otro, todos tienen pinta de ser más o menos lo mismo. Mi primera comida en Marrakech fue un sandwich de pollo con ensalada y una coca cola: 20 dirham. El local es pequeño, con bastante gente comiendo de pie, aunque fuera hay una mesita vacía. El hombre que me atiende es joven, unos veinte años y es muy amable, sin ser meloso. Una de las cosas que me gusta de los marroquíes es que demuestran una expresión bastante viril pero respetuosa; saben conservar la distancia pero con sus ademanes sutiles te están dando la bienvenida (hablo de los sitios fuera de la medina). Después de reposar la comida en una pequeña plaza decido entrar en un pequeño mercado; incluso aquí fue fácil perderme aunque haya intentado acordarme del sitio por donde había entrado. Fui a parar a una callejuela donde se estaba realizando algún trabajo en el alcantarillado; apestaba a heces pero la gente no se inmutaba, seguía comprando el pollo, la carne, las verduras. Unos niños me dicen que por allí no se va a la medina, yo no les hago caso. El menor debe tener unos doce años y lleva en su cara una cicatriz enorme hecha seguramente con un cuchillo; me comienzan a seguir. La calle por la que voy andando es un eje del que salen calles muy largas, oscuras y sucias, cada vez hay menos comercios y aunque no quiera hacerlo por segunda vez en el día me detengo y doy media vuelta. Los niños están allí, mirándome y me dicen: “la medina por allí”, yo camino sin hacerles caso y vuelvo a pasar por el sitio que apesta a mierda. Ya llegando al pequeño mercado por el que penetré en la zona “apestosa” siento un leve roce en los bolsillos de mi chaqueta y veo a uno de los niños muy cerca de mi bajar la mano tranquilamente. Estoy cagado del susto, pero en todo caso llego a una zona con más gente y más turistas.
Ya por la tarde salgo a buscar la Gare Routière para salir al día siguiente de Marrakech. Todavía no tengo un destino decidido y pienso que lo elegiré en el momento de comprar el billete. Aunque tengo un mapa y voy en la dirección correcta hacia la Gare me pierdo y detengo a una mujer en la calle para preguntarle cómo llegar; la mujer está a punto de decirme dónde está pero súbitamente mira detrás de mí, me dice que no sabe de qué le hablo y se aleja recelosamente. Volteo a mirar y hay un hombre de unos cincuenta años, arrugado, bajo de estatura; se presenta como Mohamed, un amigo mío desde ese momento. Fui muy amable con él, nos fuimos hablando de dónde venía yo, el me contó que su familia es bereber. Dentro de la Gare Mohamed me pregunta a dónde quiero ir y yo digo Tiznit, aunque realmente no había decidido si ir a Tafraut o directamente saltar al desierto, a Dakhla. Mohamed me lleva a uno de los puestos que tienen ruta con Tiznit, intercambia unas cuantas palabras con los encargados del sitio y me dice en inglés: 100 dirham; sin embargo yo me acerco al puesto y hay un cartel pequeñito donde pone "Marrakech-Tiznit: 70 dirham". Decido que voy a comprar el billete en el puesto de la CTM y agradezco a Mohamed su ayuda; le digo que quiero seguir solo y le doy un billete de 20 dirham como propina. El rechaza varias veces el dinero e insiste en ser mi guía por el resto de la tarde pero yo le digo en inglés: I WANT TO BE ALONE, TAKE THE MONEY AND GO. Mohamed coge el dinero y se va.
De regreso en la medina paro en una pequeña frutería, además de zumos también tienen té y bebo uno acompañado de un crepé con nutella. La plaza Djemaa el Fna ya está en penumbras, ahora está mucho más atestada que por la mañana. Me llama la atención un grupo de gente que rodea a unos músicos; uno de ellos relata una historia que es interrumpida de vez en cuando por música tradicional. Parece que la historia tiene en vilo a todo el mundo, sin embargo para que siga su curso es necesario que los artistas coman; uno de los músicos va pasando con una cajita donde la gente deja unas cuantas monedas. Parece que yo soy el único extranjero, y los manes seguro se quedan esperando un poco más de bondad de mi parte, más bondad que las pocas monedas que he dejado en la cajita, se quedan esperando y mi cámara también porque comienzan una canción de melodía poderosa y no la terminan. Son varios, dos en la percusión, un cantante, otro man que canta y tiene un instrumento parecido a un banjo. No entiendo ni pizca de lo que están relatando e intento encontrarle sentido al hecho de que interrumpan la canción en repetidas ocasiones para contar lo que parece un relato cargado de buenos chistes. Después de un rato, los manes se cansaron de esperar más monedas y siguieron charlando; yo también me cansé.
Seguí dando vueltas y cuando más o menos pensé haber caminado por cada una de las calles que convergen en la plaza poliédrica, me alejé un poco más y fui a parar en mi calle favorita de todas las que forman el zoco: Rue Dabbachi. No es una calle pintoresca com la mayoría en el zoco, no está llena de souvenires o artesanías relucientes colgando de los techos altos, es una calle de locales pequeños, de luz parca. La gente allí no parece preocuparse demasiado de mi presencia, en la presencia de los turistas, que son pocos. Todos caminan indiferentemente a su casa, a comprar algo en los comercios, a navegar en el cybercafé. La gente parece más natural, menos predispuesta; por supuesto, los locales son de ellos y para ellos. Si uno se acerca a mirar una máquina de palomitas de maiz que parece tener más de setenta años de antigüedad (funcionando por supuesto) el dueño se queda mirando tranquilamente, con una sonrisa serena. Yo respondo de la misma manera. No hay ninguna exigencia, al contrario del zoco, donde el simple hecho de pararse a mirar una cucaracha en el suelo le da motivos al comerciante de turno de ofrecerme un buen precio por ella. La calle continúa, es una calle despejada, sin muchos recovecos. Las fachadas son mugrosas, vetustas; hay una que me atrae especialmente porque casi carece de cualquier decoración, y el umbral está manchado de tizne y grasa. Al mirar en su interior todo es negro, excepto un leve resplandor de lo que parece ser una fragua, muy abajo, porque la entrada es una escalera de madera que baja directamente a un sótano; estuve un rato mirando, sin atreverme a bajar al averno, donde parecía que unas manos removían el crisol que seguro tendría la misma edad que la calle que lo contenía, que la ciudad que contenía esta calle.
Un poco más abajo, en una callejuela, me meto a un cybercafé, 6 dirham por una hora de internet. Nada mal. los ordenadores y las pantallas parecen tener 20 años de uso pero la velocidad del adsl tiene la media europea. Me siento al lado de estudiantes, trabajadores, jóvenes desempleados, todos concentrados en sus pantallas viendo el mundo fuera.
en Djemaa el Fna la noche trae decenas de puestos ambulantes que parecen haber estado ahí siempre, aunque de día ese espacio está totalmente vacío. son estructuras metálicas con techos de plástico o lona flexibles, mesas de madera desmontables y bancos de madera o metal, avisos mostrando los precios de la comida, seguro que alguno de ellos tendrá más de treinta años allí, donde solo cambia el precio de la comida. Hay sitios resplandecientes con camareros sonrientes y llenos del carisma comercial del zoco: unos pelmazos. Voy pasando cerca de uno de estos sujetos y este al apreciar mi caminar expectante y mi cabellera larga y mi cámara de video en la mano se lanza casi gritando a ofrecerme sitio en su puesto de comida; veo de lejos el puesto lleno de turistas deslumbrados por la labia sinfin de estos bobalicones y veo los precios del menú, y le contesto amablemente al hombre que no tengo hambre. El pendejo dice entre dientes “shit”. me devuelvo y casi gritando, bien alzadito me cogió el man, le pedí que tuviera un poco de respeto. El man se azara y hace como si la cosa no fuera con él. Qué decente estuve, que me tuviera un poco de respeto, en vez de haber mandado al carajo al huevón. Me alejo un poco de la luz y en los sitios más lóbregos los precios bajan, la gente sentada es gente que acaba de salir de su trabajo y tienen hambre. El señor que me atiende estará a punto de cumplir cincuenta y tiene una mirada humilde y un poco cansada; le pregunto qué lleva la sopa harira y no me dice nada, simplemente la trae en un cuenco de madera con un trozo de pan y veo que tiene garbanzos, algo de tomate y un poco de carne; Está deliciosa. Después pido un cuenco con lentejas que está igual de bueno, y pido más pan porque aparte de tener mucha hambre el pan también es buenísimo. Para rematar, el hombre saca de una olla gigante y con aroma a hierbas fragantes, un vaso de té.
Son casi las diez y cae una llovizna de esas que hacen espantarse corriendo a un sitio caliente y acogedor; por la calle solo quedan turistas buscando locales nocturnos y tipos que los guían hacia esos lugares. Sus miradas parecen decir “lo que buscas te lo consigo”. voy rumbo a mi hotelucho y la habitación está fría, las mantas son muy pesadas y aunque me pongo debajo de ellas el frío no para. Para distraer la cabeza cojo el cuadernito que compré en la Gare routière y hago una lista con las cosas que me pasaron durante el día. La memoria está fresca, y me gustaría tener paciencia y fuerzas para escribir en ese momento un relato largo, pero el cansancio me manda temprano a dormir. Al día siguiente parto a Tafraut.